La noche que King Kong bajo del cine

Narrativa

Llovía con fuerza, era martes 16 de septiembre. El cielo se desplomaba en una sinfonía de truenos y agua. Salía del viejo cine “Eden”, ese que aún proyecta clásicos en blanco y negro. Había visto “King Kong”, como tantas otras veces, pero algo en esta función había sido distinto. Tal vez era el clima. Tal vez era mi estado de ánimo.

Me detuve frente al cartel. Las letras, a punto de caerse, temblaban con el viento, pero era un viento extraño, mas brusco, y caliente. Entonces, un sonido extraño quebró la noche. Era un crujido, como si la realidad se estuviera partiendo al medio. Me giré. La pantalla del cine, aún encendida con la última escena de Kong cayendo del Empire State, comenzó a abrirse, literalmente. Como una grieta luminosa, partida al medio.

De esa grieta salió una garra inmensa, luego una pierna peluda, y después todo su cuerpo. King Kong, enorme, vivo, de pie bajo la lluvia como una montaña mojada. No era un efecto, no era una alucinación. Estaba ahí. Respirando. Moviéndose. Observando. 

Me quedé congelada, sin poder correr, simplemente lo miraba. Su sombra me cubría entero. Si quería, podía aplastarme como a un insecto. Pero no lo hizo. Bajó la mirada y se inclinó un poco. Nuestros ojos se encontraron. En los suyos había tristeza, desconcierto, algo casi humano. Como si supiera que no pertenecía a este mundo.

Sentí un impulso absurdo. Le hablé…

—Hola, no estás solo —le dije.

No sé si me entendió. Pero parpadeó, como sorprendido. Luego, lentamente, alzó la vista hacia la ciudad. Las luces, el ruido lejano de autos, el zumbido eléctrico del mundo moderno. Nada tenía sentido para él. Estaba perdido, inquieto. Era un monstruo de otro tiempo, de otro lenguaje.

Kong soltó un gruñido profundo y corto, como un suspiro que nacía en el fondo del mundo o de su mundo. Se enderezó y caminó hacia abajo. Sus pasos hacían temblar los charcos, los asientos del cine, las góndolas de pochoclos y hasta mis parpados, pero no destrozaban nada. No había furia en él. Solo un cansancio inmenso y soledad. Una melancolía pesada como su cuerpo.

Lo vi alejarse entre la niebla y la lluvia, su silueta fundiéndose con los edificios, como un fantasma. Quise seguirlo, pero mis piernas no respondían. Solo pude quedarme ahí, con el corazón latiendo desbocado, preguntándome si lo había imaginado todo o fue real.

Al día siguiente, el cine estaba cerrado. El cartel había desaparecido. Nadie más pareció haber notado nada extraño. Solo yo. Como si me hubieran regalado una visión que no debía compartir, tampoco mencionar.

Desde entonces, cada vez que llueve, camino por esa misma calle, o voy a mirar una pelicula,  en la misma sala, con la esperanza secreta de volver a verlo. No por miedo. No por asombro. Sino por algo más simple, para que él tampoco se sienta solo.

Porque hay monstruos que no vinieron a destruirnos. Vinieron a recordarnos que hasta en la figura más aterradora puede esconderse a simple vista.

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