El arte de poner una canción alegre en una escena aterradora

Conocimiento cinematográfico

Seguro has visto que en alguna película de terror o thriller en la que destripan a un desventurado de pronto aparece una canción dulce y antigua. O está a punto de haber un tiroteo y desde el rincón un estéreo reproduce música pop. Pues esta técnica ya tan conocida tiene nombre: contrapunto.

 

Quizá está ya un poco sobreexplotada en este par de géneros, pero, a decir verdad, nunca deja de funcionar. Con ella, para los espectadores hay más posibilidades de formar un vínculo con el material que consumen. Si una canción nos resulta placentera, mientras lo que vemos es horripilante, generamos una asociación nemotécnica; es decir, cuando oigamos esa canción la asociaremos rápidamente con lo que hemos visto. De esta manera, nunca se nos olvidará.

Everyday de Buddy Holly era el principal contrapunto de We Need To Talk About Kevin (2011)

Los cineastas lo saben. Han visto que en videos musicales de YouTube siempre hay comentarios del tipo: «Compañera Perfecta me trajo aquí» o «Dame ‘me gusta’ si vienes de Kill Bill». Para los artistas musicales es a veces una buena manera de reivindicar sus canciones. Por ejemplo, Nancy Sinatra siempre agradeció a Tarantino que su canción Bang, Bang, (My Baby Shot Me Down) volviese a ser popular.

 

Pero ¿por qué funciona tan bien, además de memorizarlas por nemotecnia?

Blue Ruin (2013) contrasta su violencia con canciones de los 50.

En el lenguaje cinematográfico, el contrapunto es una técnica usada más allá de lo sonoro. A menudo en el montaje se utiliza eso de combinar dos elementos, en un principio contradictorios, con el fin de suscitar una emoción específica en el espectador.

 

En el comienzo del Padrino, por mencionar una escena, vemos a Vito don Corleone conversar de manera cruda con invitados suyos, mientras que pasan secuencias de su familia festejando una boda. Por un lado hay un patriarca hablando con un allegado sobre venganza y crímenes, y, por el otro, a un gentío celebrando con baile y música. Es una forma de añadir complejidad a los personajes y a las situaciones.

Escena de la boda en El Padrino (1972)

Ahora, con la música y las escenas desagradables ocurre una característica más vinculada a la comedia negra. Con frecuencia se ridiculiza la muerte o la violencia por medio de una canción dulce. Se juega con la ironía, y se da un tono de sátira a la obra.

 

Ejemplos hay muchos, y varios muy gastados. Pero hace unos días vi uno que me pareció brillante. Se trata de los créditos iniciales de La Hermanastra Fea. La escena introductoria (no es spoiler) nos muestra la muerte súbita de un hombre en la cena. Sin embargo, la realizadora no pretende que nos alarmemos. Al contrario, su fallecimiento es el inicio de una tragicomedia. Por lo tanto, en cuanto vemos discurrir los créditos iniciales, la cámara hace un travelling hacia la derecha, en tanto su cabeza sumergida en los alimentos se encuentra en segundo plano. Al fondo, suena una música melancólica aunque inocente, como si la muerte del pobre tipo no fuera para tanto. Eso es humor negro del bueno.

La Hermanastra Fea (2025)

Pero la música alegre no solo se usa con fines farsescos. Algunos directores, como el mencionado Tarantino, recurre a las melodías que tanto le gustaban de joven para disminuir el impacto, y, a su vez, recrudecerlo.

 

En la famosa escena de la oreja en Reservoir Dogs un policía es torturado con bastante crueldad, pero gracias a Stuck In The Middle With You podemos apreciar el carisma del asesino. Así no nos pesa tanto la violencia, pues incluso la podríamos disfrutar. Aunque Mr. Blonde es un psicópata, notamos que le gusta lo que hace, y eso nos deja con algo llamado disonancia audiovisual. «¿Cómo puede divertirnos una escena tan horrible?», nos preguntamos. Es porque la escena está fabricada para confundir.

Mr Blonde con la oreja del policía.

Hoy algunos atribuyen a Tarantino la invención de este recurso. Desde que él dirigió películas de crimen en las que se escuchan canciones de soul o rock, otro puñado de directores también hicieron lo mismo. Este estilo se volvió tan recurrente en thrillers de crimen y comedia, que escaló hasta series como Breaking Bad. Otros, como Scorsese, lo reinventaron por su lado y a su modo, y aunque no podemos decir que ellos se copiaran el uno al otro, sí que han sido influenciados por materiales similares.

 

Porque sí, ni Tarantino ni Scorsese inventaron eso de poner cancioncitas en una escena violenta. Podría decir que el primero en hacerlo, al menos de la manera convencional, habría sido Kubrick en La Naranja Mecánica. Cómo olvidar a Alex DeLarge, el misógino y encantador sociópata que entraba a las casas de los demás para efectuar violaciones y golpizas con su pandilla. Pues Alex pudo haber iniciado la moda de disfrutar de la ultraviolencia al puro estilo de la buena música.

Alex DeLarge.

Ya en el libro se puede leer la pasión de Alex por mezclar la música con la violencia. Se le describía como un adolescente que adoraba a Beethoven y atacaba gente que se encontrara por ahí en la calle, por diversión. Ese era su éxtasis.

 

Kubrick representó muy bien su carisma. Con largas y bien ejecutadas escenas, el director inglés ilustró la perspectiva de Alex con varios planos y secuencias de pelea en las que al fondo se reproducía música de Rossini. Nos gustaba ver tal acción, porque lo hacíamos desde los ojos del joven pandillero. Gracias a esta adaptación, el uso de la música se volvió más complejo en producciones venideras.

 

Por cierto, dato curioso: en la escena en la que el actor que interpreta a Alex, Malcolm McDowell, canta la famosa canción Singing In The Rain, no estaba previsto que él hiciera eso. Debía patear a la pareja sometida con un ritmo que Kubrick le había pedido. Pero, como Malcolm no se acomodaba, decidió improvisar. La película se estrenó así.

Alex destruyendo todo al ritmo de Singing In The Rain.

Claro que esto no le hizo ninguna gracia al actor Gene Kelly, el protagonista del musical homónimo. Kelly se enfadó tanto por cómo habían usado la canción en una escena tan desagradable, que ignoró a McDowell en una fiesta. El joven se había acercado para saludarlo porque le admiraba, pero apenas Kelly lo vio se marchó. Se dice que su rencor creció por culpa del propio Kubrick, quien, a pesar de conseguir los derechos de la música (porque le había encantado cómo quedaba en su película), no hizo mucho por disculparse ni dar explicaciones. De modo que la escena que revolucionó el contrapunto nació entre polémicas e improvisaciones. Quién lo diría.

 

En fin, queda muy claro por qué la música y la violencia empatan tan bien en el montaje. Alex DeLarge lo explicó como un maestro. Pero hay otro fenómeno que no se relaciona tanto con esa disonancia de la que hemos hablado. Ya no solo ironiza o suaviza la crudeza en pantalla, sino todo lo opuesto, perturba. Para revisitarlo debemos regresar con Stanley Kubrick.

 

¿Han notado que la música de jazz tipo ‘grandes bandas’ de los años 40, 30 o 20 genera un efecto alternativo? Sí, aún se puede decir que el efecto es el mismo, el de provocarnos una disonancia audiovisual, pero me encanta cómo ahora confluyen sensaciones fantasmagóricas, de nostalgia incomprendida.

El pasillo del Resplandor (1980) donde hubo ¿una fiesta?

La música de gramófono, como me gusta llamarla, ya suena muy deteriorada por el paso del tiempo. Tiene una vibra de otra época. La alegría que transmite ya no calza con las imágenes modernas, por lo que la disonancia ya no solo comprende la relación violencia-excitación, sino la conexión con el pasado. Estos sentimientos quiso evocar Kubrick al adaptar El Resplandor, y le salió muy bien.

 

Al igual que Anthony Burgess en La Naranja Mecánica, Stephen King construyó una atmósfera única y reconocible en su novela. Dotó de vida al hotel embrujado por medio de las historias y leyendas urbanas de una década en particular. En cierta parte del libro, Jack Torrance halla una serie de recortes de periódico que confirman las habladurías del lugar: que la mafia había asesinado a gente allí, que una mujer se suicidó en cierta habitación, etcétera. Y mezclaba los fantasmas con la cultura de una época que se quedaba atrapada dentro del propio hotel.

Kubrick tenía un agudo instinto para ver lo que los escritores pretendían evocar en sus narraciones. Así que volvió a acertar aquí al introducir música de los años treinta mientras en pantalla había globos, serpentinas y una soledad incomprensible. Digo incomprensible porque también se le llama disonancia a oír risas, música y vasos chocando en un ambiente en el que no hay nadie, en el que se supone que estás solo. El Resplandor reforzaría al mismo tiempo un concepto que hoy igual causa fascinación: el de los ‘espacios liminales’, eso de los lugares que solo son de paso y dan melancolía si se les ve vacíos.

 

Esta película dejó igualmente un legado estético, uno que sería replicado más tarde en videojuegos como BioShock, que, ahora que lo traigo a colación, ¡debo decir que también es un ejemplo muy bueno del contrapunto cinematográfico! Solo miren.

Para los que no son jugadores ni lo han tocado, reproduzcan el video anterior e imagínense caminar por un palacio submarino abandonado. Hay adornos que fungen como los vestigios de una fiesta de año nuevo que se vio suspendida por algún altercado desconocido. Se ve en grande el rótulo de «feliz año nuevo 1959». Asimismo, un centenar de letreros de neón anuncian remedios e inventos insólitos con los que puedes modificar tu cuerpo y obtener poderes. Mientras sigues paseando por la ciudad y observas grandes ventanales en los que se puede apreciar la profundidad del océano, oyes canciones de jazz muy viejitas reproducirse por ahí. De repente, te das cuenta de que no eres la única persona allí. Hay personajes malintencionados que susurran amenazas y dicen saber de tu presencia. Hablan entre ellos, pero no se les oye cuerdos. Proyectan sombras, escalan paredes cuales arañas y no consigues verlos. 

 

Esta es el alma de BioShock, la música anticuada y movida, y escenarios retrofuturistas que otrora albergaron lujo y ahora no están más que repletos de lunáticos y asesinos. Así construye este videojuego su ambientación tenebrosa.

 

Me atrevo a decir que varias películas nos gustan más por cómo usan algunas canciones populares en determinadas escenas. Y seguro que tenemos alguna lista de música en las que reunimos varias de ellas. Gracias al contrapunto el cine se disfruta también en plataformas como Spotify. 

Christine (1983) de John Carpenter.

En mi caso aún no olvido cintas como Jeepers Creepers, que usa una canción de jazz del mismo nombre en la última escena, o el final de Evil Dead con ese corte abrupto y una canción como de claqué al salir los créditos. Más tarde, Un Lobo Americano en Londres haría lo mismo con Blue Moon. Todavía incluso recuerdo a Christine cuando oigo canciones juveniles de los años cincuenta. ¿Te viene alguna canción por una escena en específico a la mente?

Comentarios 2

C
cinejuanita17 de junio de 2025
¡Me volaste la cabeza con esto! Me hizo pensar en un montón de ejemplos más, además de los que mencionaste. Por ejemplo, en Hanna (no es necesariamente una gran peli, pero para mí fue muy formativa de adolescente), los asesinatos del villano van con un silbido inocente, como una nana; o en la versión coreana de Oldboy, ese vals inquietante al final, después de tanta venganza. Honestamente ni me acuerdo de la trama de algunas de estas pelis, pero sí de la música. De nuevo, me encantó tu artículo.
M
marisoledad31 de mayo de 2025
Me pregunto si parte de la razón por la que estas canciones funcionan tan bien es porque nos recuerdan que el mundo puede ser un lugar bueno, y que lo que les ocurre a las personas que sufren violencia no es más que mala suerte: han sido arrancadas de ese mundo y arrojadas a otro mucho más aterrador. Es un recordatorio de que, por mucho que creamos estar a salvo, a veces no es cuestión de estar preparados, sino simplemente de tener suerte.

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