The Studio (2025): Seth Rogen toma por asalto a la industria del cine

Reseñas generales

 

Hollywood, la gran historia

Nunca estuve de acuerdo con cierta mirada ladina o sarcástica que ha señalado a Hollywood como una usina de producciones oportunistas, una mirada cuyo encono percudiría cualquier producción. Es decir, cuando una película norteamericana toca de manera crítica un tema cualquiera (y conste que Hollywood los ha abordado a todos), se la señala de manera sesgada, como una especie de lavado de manos o de culpas que sabe acomodar los tantos. Esto no es así, y para corroborarlo está la misma historia del cine. Pero, para eso, hay que ponerse a mirar películas; algo que a muchos, afortunadamente, nos gusta hacer.

Dicho esto, entre todos los temas con los que Hollywood practica sus ajustes de cuentas (a veces ácidos y otras veces deslavados, todo hay que decirlo) figura, justamente, el propio Hollywood. Hay toda una lista de películas grandiosas, que se han dedicado a mirar con picardía y profunda mirada crítica al propio mundo del espectáculo. Aquí va una nómina incompleta: The Cameraman (1928), Sunset Boulevard (1950), Singin’ in the Rain (1952), The Bad and the Beautiful (1952), Nickelodeon (1976), The Player (1992), Once Upon a Time in Hollywood (2019), Babylon (2022), y un largo etc. 

Cada una, ofrece un retrato por lo general cáustico, sobre las maneras que estilan las producciones cinematográficas en la denominada Meca del Cine. Seguramente y sin error, podremos decir que Hollywood es un lugar inclemente y propicio a la depravación comercial más ruin. Es decir, nada distinto a lo impulsado por tantos otros emprendimientos comerciales, desde el amparo supuesto por el propio sistema capitalista. No es algo que disculpe al cine, pero, en todo caso, mejor será ver las películas y distinguir qué es lo que tienen para decir sus responsables. Como la misma historia fílmica enseña, los grandes directores, capaces de decir lo propio aun con el Código Hays encima, han sido muchos; es más, todos los lineamientos del fatídico código fueron transgredidos por sus películas. 

Para el caso, un film extraordinario como All About Eve (1950, Joseph L. Mankiewicz) no hace otra cosa más que disfrazar de mundo teatral su crítica, dedicada con esmero, al mismo mundo del cine: premios, estrellas encumbradas, elogios simulados; un sinfín de ingredientes que sostienen una gran fantasía. La gran paradoja sería cómo una película así es posible. Y desde este mismo sistema. Pero así es. Y ello no anula a la película, sino que evidencia la respiración vivificante que el propio Hollywood practica sobre sí. En otras palabras, un gran cine.

 

 

Scorsese y las franquicias

Es en este marco donde se inscribe la serie -aún en curso- The Studio, creada por Seth Rogen, Evan Goldberg y Alex Gregory. En ella, Matt Remick (Seth Rogen) es un ejecutivo ascendente de la (no tan) ficticia Continental Studio. Matt es alguien un tanto ¿anacrónico?, que piensa al cine desde un lugar ideal, que rápidamente contrasta con las exigencias del medio. De esta manera, se verá obligado a conciliar sus deseos con el proyecto de una película dedicada a la mascota del jugo instantáneo Kool-Aid, algo que puede sonar a disparate, pero está claro que no lo es. El diálogo que éste sostiene con el ejecutivo mayor (en la piel del gran Bryan Cranston), no solo lo hace creíble para la serie, sino que oficia como un comentario sarcástico sobre otras tantas películas parecidas y que desfilan por la pantalla contemporánea. 

De esta manera, las menciones a películas reales ofician como referencias más o menos venenosas, según el caso; así, por ejemplo, con Barbie y Greta Gerwig. Pero no solo esto, también dichas personalidades son las que desfilan por los distintos capítulos; como sucede con el director Nick Stoller (Capitán Calzoncillos, Get Him to the Greek), responsable además de Neighbours (2014), film (y secuela) con el propio Seth Rogen por protagonista. Ironía mediante, Matt (o Rogen, de acuerdo con el metadiscurso de la serie) reniega de incluir a Stoller como director de Kool-Aid, ya que prefiere a alguien con una reputación mayor; es decir, un auteur. Así llegará, coincidencias mediante, al mismísimo Martin Scorsese, cuyo cameo, a todas luces, es de lo más comentado y sonado que ha logrado la serie. Entre el proyecto que Marty quiere llevar adelante y la jugada con la que Matt espera salir airoso, se juega el corazón del primer capítulo de The Studio.

 

 

Slapstick y comedia de enredos

Entre las referencias ciertas y los dislates, The Studio enhebra un relato nada alejado de lo que se sabe es Hollywood, a la par del frenesí asociado a la producción de sus películas, los intereses financieros, los amigos y los traidores. Matt asciende, y con él, sus principios quedan paulatinamente en suspenso, al cuidado del devenir laboral mismo, que la serie despliega en distintas facetas, ubicadas cada una en un capítulo diferente.

Si el primer episodio ubica a Martin Scorsese como potencial director de un film franquicia -así es el trato que le reserva a los grandes directores la industria-, los posteriores dialogarán con los problemas durante el rodaje (con Sarah Polley como directora), las maneras desde las cuales rebatir un film mediocre (aun cuando sea dirigido por Ron Howard), la desaparición de un rollo (sí, de un rollo, resulta que Matt es un amante del fílmico y permite que Olivia Wilde dirija una película en celuloide), y los celos entre los propios compañeros: en este caso, a partir de la inquina entre Sal (Ike Barinholtz) y Quinn (Chase Sui Wonders), en un episodio memorable, que alterna situaciones de comedia de enredos y slapstick a partir de la competencia entre ambos, dos ejecutivos de rango menor. En el caso de Sal, se trata de alguien que quedó relegado tras el ascenso del compañero; y en el caso de Quinn, por ser una protegida de Matt. Como sea, las relaciones son complicadas.

En esta puesta en escena de situaciones diversas pero convergentes, hay momentos verdaderamente formidables, que llevan la propuesta a un nivel mejor del que a simple vista parece. Es decir, The Studio está atravesada por cierto humor de corte “televisivo”, que a veces distancia un poco la mirada ácida, con chistes algo inocuos o rápidos. Pero son otros los momentos de peso verdadero, porque definen el alma de la serie. Por ejemplo, el plano secuencia del episodio 2, con Sarah Polley lidiando, a la vez, con el plano secuencia de su rodaje: un plano dentro de otro; los dos, sin corte (y Seth Rogen causando un lío tras otro). Otro caso, y más allá de la mención a Scorsese, es el que remite a Ron Howard, capaz de llevar su desdén por Matt hacia el límite nunca pensado: se quita su eterna gorra de béisbol y la arroja de manera letal al ejecutivo (pocos chistes cinéfilos mejores). O la alusión al film noir como eje narrativo desde el cual circula la investigación del episodio 3. 

En todos los casos, Matt llega a una conclusión que no asume demasiado, tal vez por un saber intuitivo, que le hace entender que no hay alternativa; es decir, se trata de alguien que es mirado con desdén por propios y ajenos. Su tarea es ingrata. Lo que resta por ver, conforme avancen los 10 episodios previstos, es cómo terminará su aventura, hasta dónde podrá sostener su idea de un cine “artístico”, y en el seno de una industria que parece haberlo olvidado. 

¿Se convertirá en otro ejecutivo inclemente y grotesco, lleno de dólares y oportunismo? ¿O podrá lograr una tarea más personal y acorde con su manera de pensar el cine? Hay algo que le juega en contra: es atropellado y molesta allí donde él cree ser necesario. Atributos, si es que lo son, que hacen del personaje un juego a disfrutar gracias a Seth Rogen. 

A seguir viendo.

 

 

Leandro Arteaga

 

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