Roma y el ruido de la memoria
Reseñas generalesEl Distrito Federal no es solo el escenario de Roma. No, la ciudad tiene un papel mucho más grande. Es esa persona que no deja de hablar, que te interrumpe justo cuando estás a punto de hacer algo importante. Esa que se mete en tu cabeza sin pedir permiso. Si Alfonso Cuarón hubiera intentado hacer esta misma película en Monterrey o Guadalajara, Roma no existiría. Y lo que quiero decir con esto es que la historia no trata solo de Cleo, su rutina o su mundo. Se trata de un ruido, un ruido eterno, de una ciudad que nunca sabe cuándo callarse, y lo peor de todo, no tiene ni la más mínima intención de hacerlo.
Empecemos por la colonia Roma, ese pedazo de ciudad que, dependiendo de con quién hables, es el refugio de todos esos que no pueden dejar de hablar de los viejos tiempos (¿que tal vez nunca existieron?) o, por otro lado, un recordatorio insoportable de todas esas desigualdades que, al igual que el polvo, se acumulan en las esquinas. Cuando Cleo camina por ahí, no es que la ciudad sea solo el fondo de la película. No. La ciudad se convierte en un personaje que susurra secretos que no escucharías en ningún otro lugar. Es curioso, porque a pesar de ser una de las zonas más vibrantes de la ciudad, la Roma parece estar suspendida en el tiempo. Como si se hubiera quedado atrapada en una especie de paradoja temporal donde, por un segundo, uno casi podría creer que todo está bien.
Y en el número 22 de Tepeji, ahí está la casa donde trabaja Cleo. No es nada del otro mundo si miras hacia el frente: rejas en las ventanas, una puerta que parece más un portón que una entrada, y lo que parecería una casa más en esa colonia. Pero si te das vuelta, justo enfrente, tienes la casa real, la de Tepeji 21, donde Cuarón pasó su infancia. Y ahí, como en un truco de magia barato, los recuerdos empiezan a mezclarse con la realidad, como si la ciudad misma se sentara en la acera y nos mirara a todos, sonriendo desde su eterno balcón. Claro, la casa en la pantalla fue recreada en un set, pero la sensación de que ahí se encuentra un pedazo de memoria tangible, como la lluvia de un miércoles cualquiera, es innegable.
Luego está el Kínder Condesa en Tlaxcala 105. Ahí, Cleo recoge a Paco, casi como si no hubiera pasado el tiempo. Ese lugar, con su aire de antaño, parece estar detenido en un presente en blanco y negro. Y mientras Cleo va y viene por esos pasillos, la ciudad, siempre tan ruidosa, sigue haciendo su ruido, incluso en ese pequeño universo educativo. El pasado y el futuro, mezclados, como unos viejos tacones dando vueltas sobre el mismo sitio.
Y por supuesto, la Casa del Pavo. No hay respiro para nadie en esta ciudad. Ni siquiera para Cleo y Adela, que aprovechan su día libre para refugiarse en este pequeño santuario de comida rápida histórica. En Motolinia 40, las tortas de pavo han estado calmando almas desde 1901. No es el lugar al que irías a pensar en la vida y sus grandes misterios, pero para Cleo, es lo más cercano a un momento de paz que parece encontrar.
El Teatro Metropolitan, también en el Centro Histórico, es otro de esos lugares que se cuela en el ruido de la ciudad. Para Cleo, como lo fue para Libo, ir al cine los domingos era uno de los pocos escapes de la rutina. Es irónico, porque, aunque el teatro esté en el corazón de la ciudad, es el único lugar en Roma donde el sonido parece disminuir. Como si, por un segundo, la ciudad se quedara sin palabras.
Pero ni ahí la ciudad se calla. Mientras Cleo y Sofía compran una cuna, a unas cuadras, el Halconazo de 1971 está explotando. Ese es el recordatorio constante de que, por más que queramos crear nuestra burbuja de calma, la ciudad (y la historia) siempre se encargan de romperla. Claro, Cleo no sabe nada de política, pero sabe que el caos llega sin invitación.
Y cuando el mar aparece, el ruido de la ciudad se convierte en el ruido del océano, que, por cierto, tiene su propio tipo de estruendo. Cleo, que nunca había nadado, se enfrenta al mar con una mezcla de miedo y valentía que ni ella sabía que tenía. Pero así es Roma: incluso en el mar, la ciudad sigue en el fondo, murmurando.
Cuando Cleo regresa, la puerta de la casa se abre, el Borras corre por el patio, y la ciudad sigue ahí, hablando, gritando, sin querer callarse. Roma nos enseña algo claro: los lugares no son solo escenarios. Son los testigos, los cómplices y los narradores de una historia que nunca dejará de contarse.
















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