El análisis de dos monstruos a casi un siglo de distancia: La Chica de la Aguja y M, El Vampiro de Düsseldorf

Reseñas generales

Es de noche en mi casa y en la soledad de mi habitación exploro uno de los mejores filmes del año. A pesar de la zozobra que me produce, me apasiona su estética tan cuidada, su diseño de producción tan pulcro a pesar de la inmundicia que representa. Su historia evoca de inmediato el cine alemán de principios del siglo pasado, en particular otra película de uno de mis directores favoritos, una en donde también se tiene como punto central un suceso real y un crimen considerado tan cruel y desalmado que sacude a toda una población. 

La primera película es estrenada en el año que Hitler se consolida como el líder del Partido Nazi de Austria, apenas dos años antes de la caída de la República de Weimar, ese fallido sueño liberal retratado tan bien en la adaptación cinematográfica de Cabaret de 1972. Comienza con un breve retrato de un barrio donde una madre escucha a los niños jugar. No obstante, en unos instantes apenas la tragedia arriba, su hija no regresa y nadie parece haberla visto. Se escuchan unos pasos lentos pero firmes. Les acompaña un silbido cursi, infantil. El personaje no se encuentra en la toma, sin embargo, seguimos su andar con cierta distancia que, pese a la aparente ligereza de su actitud, se aproxima con turbia seguridad hacia una niña pequeña. De pronto, su silueta oscura aparece, ominosa, y con ella surge uno de los villanos más aterradores de la historia del cine, Hans Beckert, al cual Fritz Lang denomina simplemente como "M". Conocida fuera de Alemania como M, El Vampiro de Düsseldorf o M, el Vampiro Negro debido a su fuente de inspiración, el asesino serial Peter Kürten, la película de Lang es una obra maestra que, combinando humor negro, retrato social, terror y una descripción impresionante y apasionante de los procedimientos criminalísticos de la época, tanto sus logros como sus flaquezas, sentaría muchas de las bases fílmicas del género policial.

Casi cien años después, salida de Dinamarca, tenemos otra historia trágica basada en hechos reales y que retrata también a otro personaje turbio, oscuro, que, con motivaciones distintas, resulta ser también verdugo de la inocencia en las oscuras y decadentes calles de Copenhague durante el final de la Primera Guerra Mundial. En La Chica de la Aguja, Magnus von Horn toma otra ruta que la de Lang y sustrae del relato todo tono de comedia por incipiente que parezca y opta por la tragedia desnuda, sin matices. Ésta se palpa, se huele, se siente, se transpira, se impregna en los cuerpos de sus personajes en la memoria de su espectador. La tragedia se nos muestra imbatible, solo superada por un implícito temor a la muerte, de lo contrario, es inexplicable la razón por la cual todos en ella siguen sus caminos sobre restos de un mundo que naufraga.

La maternidad y la infancia conectan ambos filmes.

Ambas películas son valientes e innovadoras, principalmente en su aproximación al tema. Para Lang, más allá del morbo del caso (tomando en cuenta que fue estrenada la película el mismo año en qué el asesino que la inspiró fue condenado a muerte por decapitación) su intención era explorar el impacto que tuvo la aparición de este monstruo en el decadente Berlín de entre guerras. Un mundo donde el fascismo se encuentra en ascenso y su locura parece extenderse con facilidad. El guión de Lang junto a su esposa Thea von Harbou retoma diversas perspectivas y en lugar de centrarse en el criminal, su enfoque se da en la compleja sociedad donde esté se alberga y en la cual se oculta. Padres y madres aterrorizadas, periodismo amarillista, instituciones públicas colapsadas, paranoia policial, todo ello afectando a la incipiente industria local berlinesa y, principalmente, a sus sindicatos criminales, ampliamente organizados, quienes al desear detener la persecución policial y deslindarse de los aterradores actos de M, deciden tomar las riendas de la investigación.

El genial Peter Lorre

Este foco en el impacto en la comunidad como un todo es increíblemente novedoso para la época y bastante extraño hasta nuestros días, quizá solo explorado con esa misma complejidad por directores como Sidney Lumet en Serpico o Tarde de Perros. La persecución y sus motivaciones son el escenario donde aparecerá M, interpretado por Peter Lorre, un titán que aquí transformará lo que en la vida real fuera un hombre cínico y despreciable en un ser complejo que daría en un monólogo igualmente visceral que poético, las razones de su deformación psicológica. Frente a un juicio de criminales, y tras los alegatos bastante racionales de su abogado, interpretado por Rudolf Blümner, Lorre se consagraría en este, su primer protagónico, con ese monólogo demencial. Lorre pone en manos del espectador a un hombre desesperado que en su búsqueda de evadir su fin a manos de aquella turba criminal que busca exterminarlo como si el mal solo se albergará en él, como si fueran de alguna manera mejores, como si su interés fuera genuino. Con ellos nos va dibujando ya el ambiente que después se transformaría en una realidad absoluta. En medio de todo, víctimas inocentes y desprotegidas, marginadas, olvidadas, siempre en las postrimerías de la vida, a merced del mundo que las depreda. Vale el espacio para mencionar el excelente trabajo que realizaría posteriormente Roberto Rossellini en Alemania Año Cero para retratar está vulnerabilidad desde la perspectiva de un niño en una familia empobrecida tras el final de la Segunda Guerra Mundial. El cine se comunica y dialoga de manera intergeneracional.

Karoline es un personaje trágico hundido en la indefensión 

Y es así que llegamos a la obra de Magnus von Horn. Escrita por él en colaboración con Line Langebek Knudsen  y filmada en blanco y negro con una clara influencia del expresionismo alemán, el realismo y con algunos elementos de Bergman, La Chica de la Aguja tampoco se entiende fuera del contexto actual. Hablamos de una nueva embestida de la ultraderecha fascista en un mundo que ha abandonado los incipientes y siempre insatisfactorios e insuficientes elementos de diplomacia y derecho internacional, para descaradamente posicionarse del lado del supremacismo y el genocidio, y la cual siempre ha encontrado que es importante librar la batalla tomando control del cuerpo de las mujeres. 

 

Aquí, seguimos la historia desde la perspectiva de Karoline, una Vic Carmen Sonne que nos dará un personaje sumido en la desgracia y en un constante estado de dependencia y fragilidad, claras repercusiones de la hambruna, la falta de formación y la indefensión al vivir en un mundo colapsado por la guerra, guerra que le arrebató a su marido, quien reaparece, deformado y traumatizado y termina por protagonizar un espectáculo de fenómenos en una carpa local; guerra que la ha dejado sin hogar para empujarla a vivir en un cuartucho inmundo; guerra que le arrebató su esperanza y sus sueños y solo le ha dejado un instinto de supervivencia imbatible. 

 

A diferencia de muchas producciones hollywoodenses que parecen no poder justificar sus historias sin un arco heróico, aquí no hay heroísmos sino puras ambigüedades morales y éticas y personajes que pululan por Copenhague en espera de que les alcance el destino, y solo rogando que este sea menos trágico que el del vecino. 

 

El diseño de producción es magistral. No solo es que la película se encuentre en blanco y negro, sino los escenarios lúgubres, los vestuarios que parecen irse empobreciendo y enmugreciendo conforme la historia progresa y la música de Frederikke Hoffmeier, también conocida como Puce Mary, con un estilo experimental que recrudece las imágenes. 

Dagmar es una creyente de su labor.

La película se sostiene enteramente por la interpretación de Vic y de Trine Dyrholm, quien abruptamente salta de la empatía y la sensibilidad, a la dependencia física y emocional o la violencia desenfrenada. Interpretando a Dagmar, una mujer compasiva que la frena de realizar un aborto clandestino en un baño público, su papel es el reflejo absoluto de los terribles tiempos que habitan y su labor resulta tan monstruosa como inevitable, incluso, necesaria.

 

Y es que tanto M como La Chica de la Aguja reflexionan a partir del crimen sobre la perversidad no solo de aquel o aquella que lo comete, sino de la realidad en la que se gesta esa maldad, y, como en la escena inicial del filme danés, nos retorna reflejos deformados de nuestro propio ser para reflexionar lo frágil y delgada que es la división entre nosotros y el mal que nos rodea, o, como en M, formamos parte de esa hipocresía que deposita en las y los demás la maldad y deseamos convertirnos en jueces y parte sin autocrítica.

 

Ambas películas rematan con un monólogo de ambos monstruos, apasionados, aunque el de Lorre es enloquecido y desesperado mientras que el de Trine Dyrholm es de absoluto cinismo, incluso orgullo, ante lo que pinta como un mal necesario. 

 

Ya sea desde la sed perversa de un hombre trastornado o desde la acción oportunista de una mujer que lucra con la desgracia de otras,  estás dos películas son una colisión con la cruda realidad. 

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