Apuntes sobre el heroísmo: “Nyad” + “Perfect Days”
PersonajesA partir de Nyad y Perfect Days, reflexiono en torno a la construcción de dos modelos diferentes de héroe, en virtud del desarrollo de dos energías opuestas y complementarias: las energías del Yin y el Yang.
(Publiqué este artículo por primera vez el 19/2/2024, en mi cuenta de Médium)
El sábado a la noche vi Nyad, la producción de Netflix que sigue la inverosímil hazaña de Diana Nyad, una nadadora de larga distancia estadounidense que, en el pico de su carrera, se propone cruzar los 177 kilómetros que separan Cuba de Florida. No lo consigue, y posteriormente se retira de la natación. Treinta años más tarde, tras cumplir 60, la pregunta ¿qué pretendes hacer con tu única vida, preciosa y salvaje?¹ se le clava en la mente, y se le clava, con ella, un propósito inclaudicable: retomar el desafío, y entregarse al océano sin una jaula protectora: ella y el agua.
Esto supone un reto de inmensa dificultad no únicamente por la distancia a recorrer, sino también por las fuertes corrientes y la presencia de animales como tiburones y cubomedusas (el ser vivo más venenoso que se conoce).
Tras cuatro intentos fallidos (y el acompañamiento firme de un equipo que le encuentra cada vez menos sentido a la quijotada, pero que no la abandona) consigue finalmente, el 2 de septiembre de 2013, con 64 años de edad, arribar a Key West.
La llegada a la costa es una de las escenas más emotivas del film, como lo es también el video de archivo. Al llegar, y con las minúsculas fuerzas que le quedan, Diana alza la voz y deja su mensaje a la multitud que se reunió a esperarla, como se espera la llegada de un mesías:
1. Nunca, jamás se rindan.
2. Nunca somos demasiado viejos para cumplir nuestros sueños.
3. Parece un deporte individual, pero se necesita un equipo.
Estos enunciados se han convertido en su propio “credo de vida”, que ha replicado posteriormente en entrevistas y en su charla TED.
Luego de terminar la peli, y de saciar esa sed que queda en la garganta después de ver un film basado en hechos reales (me vi el video de archivo ya citado y la entrevista, cortita pero contundente, con Ellen De Generes), me fui a dormir. A la mañana siguiente, con mates y aún en la cama², vi Perfect Days, seleccionada por la academia para competir por Japón en la categoría de Mejor película internacional.
Perfect Days sigue la vida apacible y solitaria de Hirayama, un hombre de mediana edad (tal vez la misma edad que Diana) que trabaja limpiando baños públicos en parques de Tokio³. Vive en un apartamento pequeño y sigue una rutina metódica (que Wenders retrata de forma exquisita). Se despierta naturalmente con el sonido del barrendero, escucha música de los ’70 en casetes⁴, cuida plantas que rescata en la calle, toma y revela fotografías en blanco y negro desde una cámara analógica. Nada en él parece decir que habite en el siglo XXI. Se entrega a su trabajo con devoción y meticulosidad. Mantiene algunos vínculos, pero prácticamente no habla. En un momento llega su sobrina, en un momento se va. En un momento su compañero de trabajo renuncia, en un momento aparece un reemplazo. Hirayama habita sus días con presencia y con calma. Es feliz.
¡¿Y el conflicto?!
No hay conflicto. El relato funciona a la perfección porque sabe perfectamente qué es lo que quiere decir. No hay conflicto, pero hay historia, y hay relato. Es decir, las cosas no suceden porque sí y de manera aleatoria, sino que se organizan en una disposición cuidada que no sólo es realmente placentera de ver, sino que construye, progresivamente y a lo largo del film, un sentido potente. Un discurso reivindicativo del modo de vida de Hirayama, un modo mínimo, comprometido, profundamente honesto. Resuena al rescate de la vida sencilla, al poema Los justos, de Borges. Perfect days nos invita a compartir un par de semanas en la vida de este hombre, a entrar en su mundo. En un entorno de híper-productividad, de discursos de crecimiento, desarrollo y progreso, de conflictos y competencias, Wenders nos arrima despacito esta historia, nos endulza el oído. Está bueno, ¿no?, parece decir. Este mundo existe, existe esta posibilidad.
El Yin, el Yang
El Tao engendró el uno. El uno engendró el dos.
El dos engendró el tres. Y el tres engendró las diez mil cosas.
Las diez mil cosas contienen el yin e incluyen el yang.
Alcanzan la armonía combinando ambas fuerzas.
TAO TE CHING (máxima 42)
El sentido literal de los opuestos Yin y Yang designa, respectivamente, al lado oscuro y al lado soleado de una montaña.
La idea de que “en todo lo bueno hay algo malo, y viceversa” es correcta, pero reduce el sentido del símbolo a un aspecto de una verdad más amplia: la realidad (que es en un comienzo Uno, es decir, única e indiferenciada) se manifiesta en polaridades (“el uno engendró el dos”). En esas polaridades existimos y entendemos el mundo. Entre esas polaridades transitamos. La realidad manifestada es siempre una realidad polar: el día y la noche; arriba y abajo; la luz y la sombra; el norte y el sur.
La polaridad no debe confundirse con la dualidad, un pensamiento según el cual los polos se oponen y excluyen mutuamente. Más bien al contrario: cada polo existe a raíz de su opuesto, lo incluye y lo integra. Existe, al interior del día, el germen de la noche. Y viceversa. La frontera entre los polos es dinámica, está en constante movimiento como las áreas iluminadas y en sombra de la montaña. Por ello la línea que separa el blanco del negro en el símbolo del yin-yang es una línea curva, que integra ambos polos en un círculo perfecto: el Uno⁵.
Entender el símbolo del yin-yang desde la noción bueno/malo es problemático porque nos lleva automáticamente a valorar y a situar una energía por sobre la otra. En verdad, se trata simplemente de energías que tienen su propio modo de funcionamiento y que deben existir en toda su profundidad para que la energía opuesta también exista. Si hay algo “malo” es el desequilibrio, la inmovilidad estática en cualquiera de estos dos polos sin la integración de su opuesto.

El Yin refiere al lado en sombra de la montaña. Representa la pasividad, y se asocia con “las cualidades de receptividad, flexibilidad, blandura y contracción” (Reid, 1989). Se mueve “hacia abajo y hacia adentro”. Tiene como símbolos el agua, la tierra y lo femenino.
El Yang, el lado soleado de la montaña, representa la luz y la actividad. Se asocia con “la resistencia, la dureza y la expansión”, se mueve “hacia arriba y hacia afuera”. Sus símbolos son el fuego, el cielo y lo masculino.
La energía del Yang es la energía de la expansión. Del hacer, del crecer, de la actividad. Es la energía del poder y de la dominación, en tanto el que agencia produce modificaciones directas en su entorno. Sin confundir la idea de energía masculina con la esencia del animal macho (si absolutamente todo lo que existe está constituido por ambas polaridades en constante ascenso, descenso y dinamismo, igualar a cualquier ser con un polo determinado es un sinsentido), sí podemos decir que es la energía que se ha asociado cultural-históricamente con el hombre, y es, además, la energía dominante en el patriarcado y en el capitalismo occidental, como sistemas.
La energía del Yin es, en oposición, la energía receptiva. Tiene que ver con la contracción. Con el vientre, la bolsa, el recipiente. Con aquello que hace pausa y que contempla, para recibir la luz de la energía expansiva y acogerla, amasarla, darle forma. Participa de la realidad de una manera totalmente distinta. Es la energía que se ha asociado cultural-históricamente con la mujer, la energía de cuidado. Es, además, la energía que reivindica el feminismo cuando trasciende el par dual hombre-mujer y habla, por ejemplo, de nuevas masculinidades y nuevas formas de amor y de cuidado, de una convivencia pacífica con otras especies, del cuidado del medio ambiente.
En una piedra, en el alma humana, en un cuerpo social, en el Universo conviven ambas energías en oscilación dinámica. Expansión, contracción. Cuando algo se expande, lleva en sí mismo el germen de la contracción. Y viceversa. El Uno engendró el dos, el dos engendró el tres. El tres es la idea del qi, la energía, la fuerza que se genera a partir de la integración y el fluir entre las energías polares. Este fluir natural genera una individuación armónica y nos conecta con el Uno, con nuestra esencia.

Héroes de la expansión y la contracción
Héroe es quien logra ejemplificar con su acción la virtud como fuerza y excelencia.
FERNANDO SAVATER⁶
¿Cómo sería un encuentro entre Diana Nyad e Hirayama? ¿De qué hablarían? ¿Se entenderían? ¿Qué se dirían el uno al otro?
En su fiesta de cumpleaños, a Diana se le aparece un deseo muy claro. Es un desafío audaz, casi imposible: conquistar, a los 60 años, un logro deportivo que no consiguió en su mejor época, y que ningún otro nadador alcanzó hasta el momento. A partir de esa decisión iniciática, dirige tenazmente todas sus acciones en una única dirección. Despliega día a día una fuerza expansiva que la llevará a atravesar los propios límites de su cuerpo, más aquellos que le presente el Océano.

Diana es un prototipo de héroe clásico. Inicia un viaje, se encuentra con numerosos obstáculos y dificultades en el camino que bien podrían llevarla a abandonar, los supera uno a uno a fuerza de voluntad, compromiso y entereza (física, emocional, psicológica), se para por encima de tiburones y medusas. Alcanza la meca y se convierte instantáneamente en un ejemplo a seguir. Ofrece un poderoso mensaje con contenido ético para el pueblo que la espera y la aclama.
Diana representa la energía del Yang en todo su esplendor. Su relato es una muestra de la potencia a la que podemos llegar los seres humanos cuando tomamos una decisión y nos comprometemos profundamente con ella, cuando nos hacemos cargo de la poderosa energía expansiva que nos atraviesa.
Hirayama, por su parte, encarna sólidamente un estilo de vida contemplativo y receptivo. Hirayama no hace. O hace, sí (realiza su trabajo diario con una meticulosidad mucho mayor de la que nadie podría exigirle), pero su identidad no depende de ello. Hirayama no busca nada en particular, no quiere conseguir, no persigue un objetivo en particular. Más bien, busca (y encuentra) en el día a día, en lo que el minúsculo universo que construyó alrededor de él tiene para ofrecerle. En sus libros de segunda mano, sus casetes, los pequeños encuentros con desconocidos y el movimiento natural de las hojas de los árboles. Hirayama se abre y se dispone a recibir la magia del mundo. Liberado de la presión por avanzar, por ganarse la vida o demostrar que es valioso, convive con el entorno en armonía, y en paz.

Nyad e Hirayama funcionan como héroes particulares en sus respectivos universos. Cada uno de ellos ejemplifica, con su acción, la virtud máxima de los polos del Yin y el Yang. Comparten la disciplina, un cierto grado de terquedad, un autoconocimiento profundo y un compromiso ferviente consigo mismos, con las maneras desde las que han elegido estar en el mundo. Es más fácil catalogar a Nyad como heroína que a Hirayama. La narrativa tradicional se funda en la secuencia deseo — fuerte voluntad — obstáculos — victoria — aprendizaje, que a la nadadora le calza perfecto y que es más complejo adaptar al japonés. Es lógico, en un sistema que (al menos) de la Modernidad a esta parte hace culto de la fuerza expansiva, y sufre de un consecuente desequilibrio al olvidar lo imprescindible de los momentos y procesos de contracción, de silencio activo, de retirada.
Y el tres engendró las diez mil cosas
Diana encarna perfectamente el Yang, la energía masculina. Hirayama encarna el Yin, la energía femenina. No se trata, repito, de energías que estén esencialmente vinculadas al ser varón o al ser mujer, pero sí histórica y culturalmente. La historia de Diana podría estar protagonizada por un hombre, pero no funcionaría de la misma manera. El hecho de que sea una mujer quien se decide a conquistar el Océano, y lo logra, le añade una capa de sentido de género porque demuestra que una mujer puede apropiarse de todas esas características expansivas que durante tanto tiempo han monopolizado los hombres. De la misma manera, Perfect Days podría estar protagonizada por una mujer, pero perdería, de la misma manera, una potencia sutil y contundente en el sentido del relato. Hirayama renuncia al imperativo del sistema, en general, y al imperativo masculino, en particular. Es un hombre que no produce, que no crece, que se entrega al detalle y a las tareas puntillosas de cuidado (en la limpieza, con sus plantas), que se corre absolutamente de lo que se espera de un hombre en el capitalismo moderno. Y, como si fuera poco, es feliz.

Tanto Nyad como Hirayama, arquetipos del Yin y el Yang, deben integrar dentro de sí las energías opuestas, para encontrar, en su universo, el equilibrio deseado.
La tercera máxima de Nyad es: parece un deporte solitario, pero es un deporte de equipo. Es la máxima que a ella misma más le cuesta aprender. En un momento de los tantos entres luego de un intento fallido, Bonnie, su mejor amiga y entrenadora, decide abandonarla. Le reclama todo lo que ha dejado por ella, le reclama que ella solo tenga ojos para su propio deseo, para su propio bienestar. Es el desequilibrio del Yang: con la vista fija en el horizonte, Diana avanza sin importar cómo o a costa de qué. No alcanza a mirar a los costados, se descuida a ella y a quienes la acompañan. Bonnie regresa. Y, en un momento de la travesía definitiva, decide tirarse al agua. Diana está perdida, alucina, está pronto a rendirse. Pero Bonnie flota al lado de ella, la mira, le dice en el tono justo las palabras justas para alentarla a seguir. Ya en la costa, con el mínimo de energía que le queda, Diana consigue dar su mensaje al pueblo. Y el tercer mensaje es: es un deporte de equipo. Una lección de humildad que implica descansar en el otro, recibir, dejarse cuidar. Contraerse cuando es necesario y aceptar las propias limitaciones para poder crecer.

Diana vive bajo el cielo diáfano y en la inmensidad del Océano. La luz del sol le quema y le marca el cuerpo. Aguanta, como buena heroína, las magulladuras. Hirayama, en cambio, habita en el juego constante entre luces y sombras. Trabaja de día, entre el verde del parque y los cubículos del baño. En su apartamento, de a ratos, se filtra la luz del sol. Por las noches, enciende una lámpara pequeña y focalizada para leer, procurando que ilumine únicamente el sector del libro (¿para qué más?). Incluso hay un tipo de baño con un ventanal de color traslúcido que, al bloquear la puerta, se vuelve opaco.
Su mundo está en equilibrio. Habita el silencio. La energía Yang se muestra, sobre todo, en su actividad creativa: Hirayama fotografía árboles buscando ese entretejido único y particular entre el blanco y el negro, entre la luz y la sombra. En los fines de semana, revela las fotografías. Luego las selecciona, las organiza metódicamente en cajas de acuerdo a los meses del año, y las guarda en el placar. Nadie las mira. Solo él.
Es una acción tal vez demasiado pequeña. Tímida, silenciosa. Pero, en un mundo invadido por el ruido y la expansión desmesurada (muchas veces, sin dirección), su silencio y su paz, su sonrisa en el auto, de cara a un atardecer en la ruta ambientado con su música preferida, puede ser una acción (o una no-acción) muy poderosa.

Notas
[1] Verso del poema “The Summer Day”, de la poeta estadounidense Mary Oliver.
[2] Recomiendo, si no es en el cine, ver Perfect Days de esta manera. Suena a la manera apropiada, como escuchar Midnights de Taylor Swift en pijama y con una taza de café.
[3] ¡Qué buenos están esos baños!
[4] El soundtrack, una de las delicias de la peli, se puede escuchar en esta playlist de Diego Batlle en Spotify.
[5] El Uno es la unidad mayor, de donde todo se engendra y hacia donde todo retorna. No es directamente asequible para nosotros sino a partir de ese fluir constante y armónico entre aspectos polares.
[6] La tarea del héroe, Taurus Ediciones, 1982
Bibliografía de consulta
Yongsheng, J. (2012). La dicotomía Yin-Yang en la lengua y cultura china. En Transculturalidad, lenguaje e integración (pp. 291–300). Granada: Granada Lingüística.
Gazi, N. (2005). El ying y el yang en el taoísmo. En Revista Sufí, número 5 (pp. 44–47). Madrid: Editorial Nur.














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