Crítica: No. 24 (Nr. 24, John Andreas Andersen, 2024)
Reseñas generalesMuchas décadas después del final de la Segunda Guerra Mundial, el héroe nacional Gunnar Sønsteby (Erik Hivju) da una conferencia a un grupo de jóvenes sobre su participación en la resistencia clandestina de Noruega a los nazis. Pero a medida que relata sus vivencias, los recuerdos salen a flote y Gunnar deberá confrontarse con las difíciles decisiones que debió tomar en su juventud.
Noruega, al igual que Holanda, Francia y otros países de Europa, arrastra un doloroso pasado por la ocupación del nacionalsocialismo: entre el 8 y 9 de abril de 1940 fue invadida y sometida por un regimiento de apenas 800 soldados alemanes; pronto, se creó un gobierno títere que colaboró con el Tercer Reich y alentó a la población a seguir su ejemplo; se instauraron varios campos nazis en su territorio; y entre abril del antedicho año y el 8 de mayo de 1945 fueron deportados un poco más de 750 judíos a distintos campos de concentración y exterminio. Pero la historia de Noruega de este período no solo es la del colaboracionismo, sino también la de la resistencia.
No. 24 (Nr. 24, 2024), producida en Noruega y dirigida por John Andreas Andersen, está basada en la historia real de Gunnar Sønsteby, quien fue uno de los líderes más importantes de la resistencia, dirigió alrededor de veinte operaciones de sabotaje y cazó a un amplio número de colaboradores noruegos con el apoyo de los Aliados. Por todo ello, al finalizar el conflicto, se convirtió en la persona con más condecoraciones militares de su país; en un héroe tanto de este, como de la Segunda Guerra Mundial; y en un conferencista reputado. Además, a través de la narración de la vida de Gunnar, se cuenta precisamente gran parte de la historia misma de Noruega desde el comienzo hasta el final de la guerra.

En la actualidad, Gunnar, ya envejecido, pero admirablemente lúcido, se para ante un auditorio repleto de jóvenes y les dice “Hoy hablaremos de valores”. Luego, la película retrocede a 1937 (dos años antes de la funesta invasión a Polonia) y nos muestra al protagonista ahora de joven, junto a su amigo Erling Solheim (Jakob Maanum Trulsen), en un viaje por las montañas nevadas. Más adelante volveremos de nuevo a la conferencia y así de forma sucesiva. ¿Por qué los saltos temporales son un recurso narrativo constante e importante en la trama? Porque para la película, contada a dos tiempos, pasado y presente son igual de relevantes; o, dicho de otra forma, uno determina al otro y este, a su vez, repercute invariablemente en el futuro.
Incluso, llama la atención que las escenas del presente ―de la conferencia de Gunnar― estén filmadas con zooms que parecen improvisados y un filtro de filmadora económica, como si se tratasen de un documental; mientras que las escenas del pasado ―las de antes, durante y después de la guerra― tienen un estilo más convencional y prolijo propio del cine de ficción. Esta mezcla estilística de ficción y documental es acorde con la temática y la historia de No. 24: las primeras dan la impresión de ser un material de archivo real de Gunnar hablando en alguna de sus conferencias; por su parte, las segundas adquieren el estilo de una película bélica y de suspenso dirigida con pulso.
Sin importar los años transcurridos, Gunnar todavía recuerda con claridad su participación en la Segunda Guerra Mundial: sus primeros e inexpertos intentos de lucha contra los nazis; su existencia solitaria, a pesar de haber sido uno de los líderes de la resistencia o precisamente por ello; las difíciles decisiones que debió tomar para lograr su cometido; los asesinatos que ejecutó a sangre fría; la pérdida de los amigos y compañeros de armas; y su obsesión por la justicia. La manera cómo le relata todo esto a la joven audiencia, así como la precisión de sus recuerdos, señala que los traumas del pasado siguen pesando hondamente en su mente.

Imposible culparlo, puesto que la resistencia de Gunnar no es solo frente a los invasores nazis (que representan la guerra, el terror policial y el asesinato de inocentes), sino además contra los noruegos colaboradores (que simbolizan la validación de la maldad, la rendición y el miedo). Por tanto, se entiende que su carga resulte más compleja y pesada, ya que asesinar a sus compatriotas ―aún si son colaboradores tan viles como Karl A. Marthinsen (Per Kjerstad)― tampoco es una tarea sencilla, aunque parezca lo contrario.
El tema que hila todo lo anterior con el encuentro de Gunnar con los jóvenes, es el deber moral de hacer lo correcto en tiempos de paz, pero sobre todo en épocas de crisis sociales, políticas y éticas. Y lo correcto está tanto en luchar contra el mal, como en advertirle a los demás acerca de la existencia de este; en preservar la memoria, pero también en difundirla; en aceptar no solo nuestras acciones más elevadas, sino igualmente aquellas que nos acosan en la quietud del silencio, como se verá más adelante.
Por otra parte, Gunnar no se limita a contar sus hazañas y dificultades; a medida que lo hace, explora diversos aspectos que confluyen en cualquier guerra como el rol de los medios de comunicación, la imperiosa necesidad de tomar partido por una causa justa, la piedad o falta de ella y la libertad. En efecto, como le advierte el personaje a los demás y, por consiguiente, a los espectadores, No. 24 es una indagación acerca del poder de los valores que tenemos los seres humanos, cómo se pierden o se ganan y por qué es vital defenderlos siempre.
Uno de los puntos más interesantes y emotivos de la película es cuando Gunnar organiza la ejecución de su amigo Erling, quien se descubre que es un colaborador de los nazis, y, años más tarde, Anne Solheim (Flo Fagerli), sobrina bisnieta de este, le pide respuestas por el destino de aquel. El pasado regresa a Gunnar y el cajón en su mente que mantiene cerrado pugna por abrirse, ¿es este veterano un traidor al igual que su amigo? ¿O hizo lo correcto a pesar de todo?
Si bien admite que el concepto que plantea la chica acerca de la resistencia no violenta al estilo de Mahatma Gandhi es hermoso y funciona en algunos contextos, sabe que, en otros, es impracticable, y la única alternativa es la defensa y la acción directa, especialmente cuando se trata de una tiranía sanguinaria. La idea implícita de esto es que las acciones duras, incluso las que conllevan un bien mayor, pueden tener un costo inimaginable, pero son necesarias; como el guerrero que es, Gunnar lo sabe, acepta y defiende. Con este comentario además No. 24 toma camiones difíciles, aunque a priori no lo parezca: no todas las películas actuales se atreven a decir sin tapujos que la pelea es la única salida en determinados momentos.
Al final, Gunnar le confiesa a Anne la verdad acerca de lo sucedido con su antepasado; al menos eso parece, por la cercanía que se forma entre ambos y las lágrimas de él. Este breve, pero emotivo momento entre ambos, representa para ella la búsqueda de la verdad, incluso si, al conseguirla, significa reconocer una historia familiar deshonrosa; para él, la paz que trae consigo el cierre; y para un país, la confrontación con su propia historia, en la cual se luchó contra un régimen extranjero, pero también lucharon hermano contra hermano.







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