La sustancia y el yo como una ficción

Aspectos socioculturales

Siempre

 

Cansada del estruendo mágico de las vocales
Cansada de inquirir con los ojos elevados
Cansada de la espera del yo de paso
Cansada de aquel amor que no sucedió
Cansada de mis pies que sólo saben caminar
Cansada de la insidiosa fuga de preguntas
Cansada de dormir y de no poder mirarme
Cansada de abrir la boca y beber el viento
Cansada de sostener las mismas vísceras
Cansada del mar indiferente a mis angustias
¡Cansada de Dios! ¡Cansada de Dios!
Cansada por fin de las muertes de turno
a la espera de la hermana mayor
la otra la gran muerte
dulce morada para tanto cansancio.

 

Alejandra Pizarnik

 


 

Asuntos preliminares

 

 

Como sabemos, la película puede ser una más que atinada excusa para visibilizar y discutir decenas de temáticas de índole social y política: el culto a la imagen, la mercantilización y fetichización de los cuerpos, la mirada cosificadora sobre lo femenino, el pretty privilege, el capital erótico (recomendamos al respecto a Catherine Hakim en relación con el pensamiento de Pierre Bourdieu), la gordofobia, los trastornos alimenticios, la dismorfia corporal, la militancia de los cuerpos disidentes, bellezas “hegemónicas” y "alternativas", los roles y la brecha de género, la exigencia estética sobre la mujer, dinámicas de sororidad y de competencia, la cultura del descarte, la geronto (y ni siquiera tan geronto) fobia, la idolatrización de la juventud, la hostilidad del mundo laboral… 

 

Brindo porque se den todas esas batallas (parece más necesario incluso que nunca). Sin embargo, ocuparemos los siguientes párrafos en pensar la película en torno a una cuestión tal vez menos urgente.

 

Sobre el final, recuperaremos este sentido social y político de la película, para el cuál preparamos el terreno filosófico ofreciendo como marco teórico la posibilidad de plantear la identidad personal como una ficcionalidad, desde Hume, y el problema de sostener el discurso del alma en el lenguaje académico, desde cierto sector de las neurociencias. 

 

Acá la corro de intelectual, en Letterboxd me hago el gracioso.

 

Aprovecho este mismo espacio de cuestiones preliminares para mencionar, aunque sospecho que no estoy descubriendo la rueda, la historia Meat de Emily Carroll (disponible en su sitio web), y el episodio The Outside (Ana Lily Amirpour) el cuarto episodio de El gabinete de curiosidades de Guillermo del Toro. Tal vez un poco más gratuito, pero nunca está demás, Los pájaros de la noche (de Mariana Enríquez en Un lugar soleado para gente sombría)

 

Los planos, los ángulos, los interiores ¡Los colores! el maquillaje y vestuario, la musicalización, son realmente increíbles y sin nada para objetarles.

 

Dicho esto, 

 

 

El problema de la identidad personal como una ficción

 

 

Si tenemos que rastrear la pregunta sobre la identidad personal hasta su génesis en el pensamiento occidental (debe ser interesantísima la cuestión en Oriente, pero no tengo conocimiento de ello, y como la película no puede ser más occidental creo que igual nos arreglamos así), llegaríamos -previsiblemente- hasta Platón y su extendidísima idea de que “el cuerpo es la cárcel del alma” (El Fedón). 

 

Pese a lo que pueda pensarse, Platón no sujeta el yo al binarismo alma - cuerpo, sino que ofrece una división tripartita añadiendo además lo que traduciremos como “espíritu”. Quien cercena la riqueza platónica de manera acomodaticia para su esquema hilemórfico es Aristóteles, sin dudas el origen de todos los males. La teología cristiana venidera dará sus propias disputas en torno a la naturaleza tripartita o los dos compuestos consustanciales en los siglos siguientes, pero no le daremos mayor importancia a ello.

 

Haremos la mención especial de Agustín de Hipona, para quien  la memoria constituye un elemento fundamental en la construcción narrativa del yo, porque más adelante volveremos sobre ella. Si pretendemos hablar acerca del problema de yo en filosofía, estamos también obligados a rendirle alguna pleitesía a Descartes, de matriz agustiniana por cierto, a quien se le atribuye el haber puesto al yo en el centro de la agenda.

Sin embargo, y de manera caprichosa, vamos a tratar el tema desde la vereda opuesta del viejo Descartes (racionalista), concentrándonos para empezar en el pensamiento de Hume (empirista). -todas estas simplificaciones podrían costarme la matrícula en cualquier coloquio, el que avisa no traiciona-

 

 

Hume y la negación del yo como sustancia inmutable

 

 

En su obra Tratado de la naturaleza humana, Hume discute y cuestiona abiertamente la existencia de una identidad personal constante y permanente. Para el autor, la idea de identidad personal es una mera ilusión creada por la mente, consecuentemente con su idea de que no existe un yo sustancial, fijo, que permanezca sostenidamente en el tiempo.

 

Dice Hume que, cuando intentamos contemplar en nuestro interior, no encontramos un yo fijo, sino más bien una sucesión constante de percepciones, (sensaciones, pensamientos, emociones y recuerdos). No hay una esencia o núcleo permanente que de unidad real o substancial al conjunto de todo esto que se nos presenta de manera fragmentada.

 

Con ustedes, Hume: "Cuando entro más íntimamente en lo que llamo 'yo', siempre tropiezo con una u otra percepción particular: calor o frío, luz o sombra, amor u odio, dolor o placer. Nunca puedo atraparme a mí mismo en ningún momento sin una percepción, y nunca puedo observar otra cosa que no sea la percepción." (Esto lo encuentran en la primera parte de su libro que mencionamos)

 

Cualquier idea de una identidad personal unificada es entonces una construcción de la mente. La mente crea una ilusión de continuidad al unir las percepciones separadas a través de la memoria y la imaginación. Esta unificación es útil, claro, pero no corresponde a una realidad objetiva. Así concluye el escocés que la identidad es una ficción.

 

 

La memoria juega un rol fundamental en esta construcción que Hume desmantela. Según el filósofo, recordamos experiencias pasadas que conectamos con las actuales, creando así una narrativa que da la impresión de continuidad. No obstante, tal conexión no prueba la existencia real de un yo fijo, sino que se trata de una simple asociación de ideas. 

 

Hume describe la mente como un flujo de percepciones, una suerte de río en cambio constante. Estas percepciones, aunque relacionadas, no son idénticas entre sí, ni mucho menos forman un todo indivisible. El yo es desde esta perspectiva una colección dinámica y cambiante, y no una entidad fija o esencial. 

 

La avanzada empirista se distancia, junto a Hume, de la idea cartesiana del yo como sustancia pensante (el ya conocido cogito ergo sum de Descartes). Si fundamos el conocimiento en la experiencia como única fuente válida, debemos notar que esta sustancia postulada otrora, no es observable ni verificable; es una suposición metafísica que carece de todo fundamento empírico.

 

La postura de Hume sostiene que la identidad personal no es una realidad ontológica, sino una construcción de origen psicológico. Lo que llamamos yo es simplemente un agregado de percepciones relacionadas, y no existe un yo esencial que persista a lo largo del tiempo. Lo dicho hasta aquí lo convierte a Hume en un precursor del pensamiento moderno, entre otras cosas, acerca de la identidad y del cuestionamiento posmoderno y contemporáneo del yo.

 

 

Otros que se suman a la discusión

 

¿Identidad sí o identidad no?

 

 

  • Desde el mismo bando empirista que Hume; en el Ensayo sobre el entendimiento humano, John Locke ya introducía la memoria como fundamento de la identidad personal. Para este, lo que define la identidad de una persona no es el alma ni el cuerpo, sino la continuidad de la conciencia y la capacidad de recordar experiencias pasadas.

 

  • Nietzsche y Sartre también rechazan la idea de un yo unitario y esencial. Para el primero, el yo es una construcción lingüística y psicológica, una ficción creada por necesidades prácticas, como la moral y la cultura. El francés por su parte, niega la existencia de un yo esencial o fijo en El ser y la nada. La identidad personal, argumenta, se construye a través de nuestras acciones y elecciones. -Valóreseme la decisión de no aburrirlxs robando siempre con estos dos-

 

  • Más hacia aquí, Derek Parfit, en Razones y personas, sostiene que la identidad personal no importa tanto como la continuidad psicológica y física. Rechaza así mismo la noción de un yo fijo y sugiere que lo importante es la relación de conexión (como la memoria y la personalidad) entre diferentes etapas de una vida.

 

  • Gilbert Ryle también critica el dualismo cartesiano y la idea de un yo como sustancia separada, en El concepto de lo mental. Propone una visión funcionalista, donde la identidad se define por las conductas y disposiciones.

 

  • Otra de las voces que se suma al debate es Thomas Nagel. Explora la subjetividad y el "punto de vista interno" de la conciencia; aunque no aborda directamente la identidad personal, su trabajo sobre "qué se siente ser" enfatiza la experiencia subjetiva como central.

 

  • Una visión interesante para considerar (en líneas generales siempre, pero específicamente tratando la película en cuestión) es la de Judith Butler. Desde el postestructuralismo, Butler argumenta que la identidad personal, igual que el género, es performativa, es decir que se construye a través de actos repetidos en contextos sociales y culturales. En este sentido, queda puesta en duda la noción del yo estable y acabado.

 

  • También puede cuestionarse la idea del yo desde el pensamiento de Michel Foucault; que entiende la identidad como un producto de relaciones de poder y discursos sociales. Según Foucault, nuestra percepción de lo que lo identidad sea, y por lo tanto de la propia identidad, está moldeada por los contextos históricos y culturales específicos.

 

  • Otro abordaje útil para el problema podemos encontrarlo en la neurociencia. Por ejemplo, en El túnel del ego, Thomas Metzinger sugiere que el yo es una construcción del cerebro, un modelo virtual generado por la conciencia. Desde esta perspectiva, la identidad personal no es más que una ilusión adaptativa. Paul Churchland ofrece una mirada similar al respecto 

 

 

¿Podemos seguir hablando de alma?

 

 

Una discusión casi aneja a este problema, es si la de si debemos insistir con la noción de alma como parte del vocabulario filosófico - científico y, en caso contrario, qué termino utilizar para referirnos a aquello que otrora queríamos significar con “alma”. Francis Crick populariza la pregunta en el debate donde lindan las neurociencias con la antropología filosófica y cualquier respuesta que uno ofrezca funciona como parteaguas. 

 

Una postura heredera a las posiciones filosóficas que rescatamos anteriormente es la de comprender al hombre como un sistema complejo que se regula y controla a sí mismo. En esta línea de pensamiento algunos representantes de las ciencias cognitivas ven el concepto de alma como un elemento de un sistema conceptual anticuado para explicar el comportamiento humano que  ahora, frente a los resultados de las ciencias naturales, no sirve más. 

 

Como dijimos, filósofos como Paul Churchland y Thomas Metzinger sostienen una posición semejante y parangonan el destino futuro del concepto de alma a la desaparición de algunos otros conceptos que, con el avance de las ciencias naturales, han quedado vetustos. Pronostican que del mismo modo que tantos otros términos que antaño formaron parte del discurso hegemónico en el paradigma académico epocal, también desaparecerá el concepto de alma de nuestro uso lingüístico

 

¿Es verdaderamente posible sustituir la hipótesis del alma con una hipótesis de la neurociencia o de la ciencia cognitiva?  La respuesta a esta pregunta presupone un conocimiento del concepto que podría sustituir al concepto de alma en cada contexto filosófico y cotidiano. El mejor candidato para tal puesto, pareciera ser el de Yo o el de Sí mismo (Self – Selbst). 

 

Con el concepto de Sí mismo se entiende aquello que en la concepción común es lo más propio del hombre, aquello que en nuestra vida cotidiana entendemos como el centro de nuestra persona.  Existe, sin embargo, una diferencia decisiva entre el concepto de alma y el concepto de Sí mismo. Mientras la noción de alma presupone una realidad correspondiente en el hombre, el concepto de Sí mismo es, en cierto modo, ontológicamente neutral. La ventaja del Sí mismo con relación a al concepto de alma es que este sería compatible tanto con una visión realista, como con una concepción instrumental de la entidad entendida en el concepto.

 

Esta apertura del nuevo concepto del Sí mismo a interpretaciones ontológicas diversas es, probablemente, la causa principal por la cual el concepto de Sí mismo ha hecho desaparecer casi totalmente de la discusión seria al respecto, al término “alma”.

 

 

A los fines de este artículo, sin embargo, nos interesa rescatar aquí aquellas interpretaciones según las cuales el Sí mismo no sería otra cosa que un producto de la capacidad del hombre de auto-representarse. La idea de auto-representación no presupone un Sí mismo real (ni un alma). Al contrario, el Sí mismo es una ilusión o una ficción del sujeto-sistema que se auto-representa. Esta es la posición sostenida por ejemplo, por Daniel Dennett, Owen Flanagan y Thomas Metzinger.

 

Según Dennett el desarrollo del Sí mismo en los diversos organismos sirve para mejorar su capacidad de supervivencia. Para el autor, el Sí mismo es un resultado de la evolución que tiene la función de delimitar a un organismo del ambiente que lo circunda. Organismos muy simples tienen a disposición distintos mecanismos para distinguir aquello que les pertenece de aquello que forma parte de las condiciones del ambiente circundante. Organismos más complejos, entonces, tienen necesidad de instrumentos más complejos para alcanzar este resultado. 


La capacidad de auto-representarse es considerada por Dennett como un instrumento complicado que garantiza la delimitación del organismo del ambiente circundante. El Sí mismo es una ficción útil porque favorece la supervivencia física y psíquica de aquel organismo complejo que es el hombre. Además el Sí mismo, según Dennett, se constituye narrativamente. En nuestras historias aprendemos quienes somos verdaderamente o, mejor, solo a través de ellas podemos delimitarnos respecto de aquello que no somos. 

 

El punto decisivo en la argumentación de Dennett es el hecho que estas narraciones no son narradas por un Sí mismo real, ontológico y prexistente, si no que, por el contrario, el Sí mismo es constituido a través de las diversas auto-representaciones. Así, según Dennett, el hombre se representa en los diversos contextos y para diversas metas. Existen narraciones en las cuales nos representamos con relación a nuestro prójimo, construimos nuestra propia identidad, buscamos un sentido para nuestra vida. 

 

Las diversas auto-representaciones que nos figuramos no se refieren a un Si mismo existente antes del acto de auto-representación, sino que este acto lo constituye como tal. Según Dennett, el Sí mismo es una entidad ficticia, con la capacidad de unificar nuestros relatos. Es por esta razón que lo describe como un “centro de gravedad narrativa”. Este Si mismo no es una entidad real sino mas bien una construcción teórica; por esto ni siquiera es un fenómeno que deba ser explicado desde una teoría de la conciencia.

 

 

REMEMBER YOU ARE ONE

 

 

Lejos estamos aquí de intentar deslizar siquiera que la genial película de Coralie Fargeat, podría ser probatoria de cualquiera de estas tesis que sembramos. Incluso más, pese al pretendido empirismo de Hume, la posibilidad de “probar” sus ideas queda completamente excluida de plano desde el momento en que se las vehiculiza por medio de la filosofía como dispositivo formal. No me atrevería a decir lo mismo de la neurociencia, y entiendo que haya especialistas dispuestos a tirarse por la cabeza miles de pappers y “experimentos”, sin embargo y contra la capacidad probatoria de esos experimentos, afirmo junto con Nietzsche en los Fragmentos que “no existen hechos, solo interpretaciones”.

 

Lo que sí estamos en condiciones de sostener es bastante menos osado: interpretando la película como la hipérbole metafórica que es, y considerando incluso como una opinión exagerada el aporte de la filosofía y de la neurociencia, debemos por lo menos desarticular las ideas del yo con las que nos manejamos. 

 

Sea posible o no la capacidad técnica para aislar algún resquicio de unidad mental (o extramental) con el objetivo de transferirla sobre otro cuerpo presentado como nuestra mejor versión, es menester que revisemos el lugar eminentemente substancial y esencial que le asignamos al pequeño grupúsculo de sensaciones, valores, recuerdos, ideales, y autoafirmaciones, que consideramos el-yo. 

 

Un yo débil, abajado, kenótico, menos pretensioso, deja de ser una carga de pretensiones altas sobre las que tenemos que estar a la altura y por la que debamos cumplir con todo el paquete de mandatos impuestos y autoimpuestos como observamos en el film. No significa esto que tengamos que abolir la noción del yo substancial completamente, o negar las distintas ideas de alma que podamos tener; sino solamente que podríamos debilitarlas en cuanto “verdades fuertes”, quitándoles el carácter radical y absoluto con el que a veces las soportamos. 

 

 

Abandonar la idea del yo esencial significa renunciar al pensamiento de que tenemos que cumplir con una serie de estándares que terminan por constituirse sobre nosotros como un peso que nos deforma, nos conduce hacia el vacío y la autodestrucción. Reconocer que nuestra identidad es algo abierto y por construirse nos regala la oportunidad de elegirnos a nosotros mismos, asumiendo el cambio y las contradicciones.

 

No debemos identificarnos con nuestros errores, debemos amar nuestra parte menos luminosa, nada de nuestra identidad está definido de antemano a nuestra propia existencia. 

 

Es posible elegir un nuevo rumbo, narrarnos de manera diferente, elegir constantemente quiénes queremos ser. 

 

El mito que constituye la historia está muy bien tejido, el buen uso de de recursos cinematográficos refuerza la línea de discursiva de una película que no es moralizante ni solemne para nada. El final absurdo, caricaturezco, termina de aclimatar los colores brillantes de la paleta como un cuento o una historia artificial, recordándonos de manera más explícita que se trata de un relato y que se nos está invitando a ver el fondo que subyace bajo la máscara de la ficción. 

 

El riesgo tomado por sus dos protagonistas y la serierdad de prestarle el cuerpo a la narrativa hasta las últimas consecuencias, asumiendo en carne propia los extremos de la mercantilización de la belleza y de la deformidad física hasta lo grotesco, es digno de que las celebremos, reconozcamos y admiremos muy distinguidamente.

 

Hay que sentarse, mirar una película incómoda y preguntarse: ¿Dónde radica mi yo más íntimo? ¿Qué papel juega mi cuerpo en la constitución de mi identidad? ¿Puedo ser mentalmente transferible a otras condiciones materiales y seguir siendo el mismo? ¿Soy una carne que piensa o soy una mente encarnada o soy las dos cosas? ¿Cuánto se modificaría mi voluntad en base al lugar desde el que la concibo? ¿Cuál es el núcleo que me da unidad como sujeto existente? ¿A cuántos otros experimentos similares accedo a someterme y bajo qué costo? ¿Abrazo mi peor y mi peor versión? ¿Soy lo que se ve de mí, soy mi experiencia intramental incomunicable o soy todo? (Como estas, miles)

 

 

Asumir la contradicción

 

 

No estoy ajeno a la discusión de si pertenece o no dignamente al subgénero, pero no soy para nada un purista respecto de los géneros como cánones sagrados a los cuales acceder con temor y temblor. El body horror, con todos los guiños y referencias a sus obras de culto, se convierte en un vehículo formidable para transportar el núcleo central programático de la película. 

 

Literalmente visceral, cruda poderosa y cruel, como los peligros del culto exacerbado a la belleza (además de todo lo que enumeramos al comienzo), y todo el mundo de consecuencias terribles que genera.

 

No creo que sea menor la discusión acerca de si se está responsabilizando a la víctima culpándola de todos los horrores que le suceden. Si se me permite, creo que la discusión es legítima, no es en balde observarlo, pero creo que queda muy en claro en la película el rol menoscabado de su libertad frente a tal elección, más que condicionada por todo un aparato de mandatos laborales, sexuales, y estéticos que la oprimen girando en torno al negocio del entretenimiento y la cultura de la mercantilización de los cuerpos. Ella no es verdaderamente libre, ni responsable, de lo que todo el contexto la hace elegir.

El tono sexualizado de algunas escenas tampoco creo borre con la mano lo que escribió con el codo, ni que se trate de montar todo un discurso noble a modo de excusa para seguir cosificando a las mujeres (¿Poor things? Ustedes lo pensaron primero…). Creo que en este caso está más que legitimado argumental y narrativamente, y que el recurso del asco, la repugnancia y el desagrado típico del subgénero funciona como un contrapeso perfecto para mostrar que no era una gran excusa para cosificar los cuerpos, sino una muestra cruda de las últimas consecuencias hasta las que podemos llegar. (No es menor que esta película sí haya sido dirigida por una mujer, a diferencia de los contrajemplos que se nos puedan ocurrir, de paso spameo https://www.peliplat.com/es/article/10038341/poor-things-la-vida-despues-de-la-muerte-de-dios-tres-lecturas-filosoficas)

 

Tampoco estoy de acuerdo con que todo el final sea anticlimático, y me parece que es una buena decisión, tanto política como artística, no dejar el final final abierto sino asumir el absurdo de una premisa en sí misma arriesgada y compleja. Como dije, el tono final refuerza que no hablamos de una historia real, y el hecho de recordar que se trata de un cuento, nos recuerda también que hay una intención en contarlo

 

Y una última consideración especial acerca de lo imposible que me resultaría explicar el funcionamiento de todo el andamiaje de ciencia ficción de tubos, jeringas, suplementos, semanas… hagan la prueba de intentar explicar en qué consiste usar el producto de “la sustancia” a alguien que no la haya visto. Sin embargo, y con lo complejo que resulta, queda todo más que clarísimo en la película: cuál es el procedimiento, qué pasos seguir, los límites y las reglas claras, los peligros que se corren si se desoyen las indicaciones. Todo está perfectamente entendido gracias al montaje, la edición, la narrativa y el gran poder de saber contar. 

 

El lujo es vulgaridad, filosofía puchito.

 

 


Terminamos también con ella:

 

El despertar

 

A León Ostrov

 

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

 

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

 

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

 

Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre

 

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.

 

Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada

 

Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue

 

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

 

¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?

 

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual

 

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde

 

Señor
Arroja los féretros de mi sangre

 

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

 

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

 

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas

 

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo

 

Alejandra Pizarnik

 

Comentarios 4

D
Dalan2 de febrero de 2025
Me gustó mucho esta película, gracias por este análisis minucioso sobre el enigma de la conciencia.
F
Francis Cobo2 de febrero de 2025
En respuesta a Dalan: Gran película. Muchas gracias por tu tiempo y tus palabras
L
Lawilet31 de enero de 2025
Increíble análisis.
F
Francis Cobo31 de enero de 2025
En respuesta a Lawilet: Muchísimas gracias!

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