Crítica: María — Angelina Jolie es La Callas de Larraín

Reseñas generales

En una entrevista, Pablo Larraín admitió estar interesado en “contar las historias de mujeres admiradas por su madre”. Aparentemente, ha cumplido su objetivo, puesto que María (2024), es el cierre de una trilogía no oficial sobre mujeres célebres del siglo XX que inició con Jackie (2016) y prosiguió con Spencer (2019). Pero si algo que realmente ha caracterizado a este cine de Larraín es su empeño en retratar la capa emocional y mental de cada personaje. En el caso de María, el director chileno, nos concede una historia centrada en el ocaso de La Callas, interpretada por una Angelina Jolie que brilla a lo largo de todo el metraje, incluso cuando la película se tambalea sobre sí misma.

Si bien esta no es una de las mejores películas del director, sigue siendo un buen trabajo que, afortunadamente, reúne varios elementos sobresalientes, incluyendo una Angelina Jolie comprometida en una de las mejores interpretaciones del año.

¿De qué trata María?

La famosa cantante de ópera Maria Callas se retira a París en la década de 1970, tras una vida llena de éxitos, glamour y polémicas. La película aborda estos últimos días de su vida, mostrándonos como una de las estrellas más brillantes del espectáculo va perdiendo su luz paulatinamente en su paso a la inmortalidad. 

El ocaso de una estrella

La película posa gran parte de su peso en los hombros de Angelina Jolie, encargada de interpretar a una Maria Callas rota, que se aferra en vano a los recuerdos de una vida llena de gloria que ha quedado en el pasado. En estos últimos días, parece no haber rastros del brillo que marcó los años dorados de su vida. Y sin embargo, Maria no tiene otra alternativa excepto disimular su miedo ante la idea de despedirse de su estrellato para siempre, y lo hace impostando una confianza que genuinamente también ha perdido. Peor aún, su salud está fallando y su voz ya no es la misma. 

Maria ha perdido el control, un control por el que tanto luchó a lo largo de su vida, cuando estuvo al servicio de su madre, de la guerra, de empresarios, del público. Ahora sólo tiene a su mayordomo, Ferruccio (Pierfrancesco Favino), y su criada, Bruna (Alba Rohrwacher). Y eso es devastador, lo es para ella quien siempre ha vivido por la aprobación de los demás, de su madre, de sus parejas, del público. Incluso detesta escuchar sus propias grabaciones, teniendo que no capturen adecuadamente su voz, y confía más en la percepción de sus presentaciones, después de todo, fueron estas las que la llevaron a la cúspide, una cúspide que ahora echa de menos. Tanto que pasa los días en casa o deambulando por las calles de París,  alucinando a un cineasta (Kodi Smit-McPhee) tratando de entrevistarla durante todo el proceso.

Lo más triste es ver cómo María es consciente de su propio desgaste, incluso el mental. Es consciente de su adicción a los calmantes, y no le importa, porque solo así es capaz de recuperar su control. O pretender al menos que no lo ha perdido. En este sentido, la película trata realmente sobre el dolor que siente una persona cuando ya no puede dedicarse a su pasión. Es también la frustración de no poder seguir haciendo lo que ama. 

Se podría decir que al igual que Jackie y Spencer, Maria se centra en ese punto de la vida de estas mujeres donde han perdido algo que realmente amaban y las consecuencias posteriores a esto. Jackie pierde a su esposo; Diana ve como el sueño de una vida perfecta no fue más que una ilusión; María descubre que los días de gloria también tienen fecha de expiración. 

El problema con María es que Larraín solo encuentra espacio para el dolor. Y reduce la vida de Callas a sus desavenencias. María está deprimida, y vive rodeada de los fantasmas de su fama, y añora un amor que en ningún momento se siente como tal. Esa historia romántica que nos quieren vender como poderosa, queda relegada a tres escenas que no trascienden demasiado. 

Angelina Jolie en su mejor interpretación

Los personajes secundarios son unidimensionales, y es que por algo la película se llama María: está tan centrada en la Callas y sus tragedias personales, que sus relaciones con los demás personajes están poco desarrolladas. 

Afortunadamente, Larraín ha tenido muy buen ojo al elegir a Angelina Jolie para dar vida a la cantante de opera, en una interpretación llena de capas. Cuando habla con Mandrax, el reportero que vive en su mente, Maria derrocha seguridad, es astuta, mordaz. Es como si realmente estuviera recitando sus memorias en voz alta. Cuando interactúa con sus empleados, vemos a una mujer rota que hace su mejor esfuerzo para disimularlo. Hay amargura y miedo, pero sobre todo hay dolor. Y cuando la vemos luchar por recuperar su voz, un pasado que se le ha escapado, es desolador, ella sabe que no hay vuelta atrás y aún así no deja de intentarlo. Jolie también impregna de su presencia al personaje y cuando aparece en pantalla, literalmente no queremos apartar nuestros ojos de ella.

Un deleite visual 

Pese a los tropiezos en el guión, Larraín filma esta historia hermosamente. Gracias a la fotografía y la música, la película transmite ese aura de ensoñación en la que la misma Callas está inmersa. Mientras que los flashbacks en blanco y negro se sienten como auténticos fragmentos de algún documental perdido en el tiempo. 

Aunque entre sus aspectos más destacados se incluyen esos exquisitos fotogramas compuestos por el director de fotografía (y colaborador de Larraín desde hace mucho tiempo) Edward Lachman, así como opulentas piezas de vestuario del diseñador Massimo Cantini Parrini, la película tiene una inclinación por lo elaborado y por lo llamativo. Eso se observa en el resto de los elementos técnicos, que también deben ocupar un lugar destacado. El diseñador de producción Guy Hendrix Dyas (Origen) nos embarca en la lujosa mansión de Callas, específicamente en ese dormitorio que la cantante convirtió en su trinchera emocional. Los decoradores de escenarios Heather Loeffler, Sandro Piccarozzi y Nóra Talmaier colocan meticulosamente los accesorios que nos sitúan en la época. En el corazón de una París de ensueño. El vestuario, así como los colores reflejan no sólo lo ostentoso, también nos ubica en las épocas que abarca la cinta (los años 50, 60 y 70). 

Pablo Larraín ha dicho que no quería hacer una película oscura sobre una situación trágica, pero lastimosamente así es como se siente María. Aunque no es una mala película, se regodea demasiado en las tragedias de la cantante, invisibilizando una vida que también estuvo plagada de éxitos. María fue un fenómeno cultural dentro y fuera de Estados Unidos, digna de compararse con otras estrellas como Marilyn Monroe o The Beatles. Pero lo suyo tenía mucho más mérito, estamos hablando de una cantante de opera que rompió récords de ventas. Algo que no se había visto ni se ha vuelto a ver. Lamentablemente, poco hay de eso en la película que reduce la historia de Callas a su ocaso, y tristemente, no todos los finales son felices. Ni siquiera el de las estrellas más brillantes. Por suerte, Jolie está para salvar la película con una interpretación poderosa, memorable, que hace justicia a una de las mujeres más talentosas del siglo pasado.

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