Perdida en el algoritmo, Beasts of No Nation es una historia emotiva, cruda y violenta, creada por un abusador serial.

Reseñas generales


Un hecho que todos debemos reconocer es que la conciencia social no es seguridad de conciencia de género ni viceversa. Abundamos los machitos progres que replicamos los patrones patriarcales pese a nuestro compromiso con otras causas, así como voceros y voceras de las causas de las mujeres y la comunidad LGBTTTIQ+ que condenan desde púlpitos de oro y consideran la glamourización de la causa como un objetivo válido. La perspectiva interseccional no es natural a ningún movimiento y por ello nos toca no sentarnos en nuestro laureles y ser autocríticos. El caso de Cary Joji Fukunaga es ejemplar de esto.

Con una filmografía breve, el director americano de ascendencia japonesa y suiza ha demostrado un estilo impecable y una sensibilidad que le permite abordar dramas clásicos como Jean Eyre, adaptada de Emily Brontë; la migración y el narcotráfico en Sin Nombre; y la violencia indiscriminada de las guerras civiles en África en la que aquí reseñamos, Beasts of No Nation, basada en la novela de Uzodinma Iweala. Todas ellas, escritas por él mismo, nos hablan de un hombre preocupado por las desgracias humanas y de gran empatía con el dolor de sus personajes, para los cuales construye arcos narrativos crudos pero con dejos de esperanza. Sin embargo está sensibilidad no se traduce a su vida personal y profesional, dónde constantemente ha sido acusado de abuso, acoso y, especialmente, grooming.

Y es que es esto último lo que resulta controversial al ver una película tan relevante como Beasts of No Nation. Creada en 2014, fue una de las primeras apuestas de Netflix por cine de autor y con aspiraciones a demostrar su calidad que superaba por mucho a las producciones televisivas tradicionales. Está película llevaba a la empresa a jugar en otro nivel. El resultado fueron premios y nominaciones en múltiples festivales de renombre para su director y sus protagonistas Abraham Atta, quien da vida al pequeño Agu, e Idris Elba, que personifica al despiadado y cínico Comandante. En ella, Fukunaga retrata la vida de Agu desde su estadía en una comunidad de refugiados protegida por el Economic Community of West African States Monitoring Group (ECOMOG), fuerzas armadas integradas por soldados de los países miembros de la Economic Community of West African States (ECOWAS) para intervenir en la Guerra Civil de Libia y que ejercieron poder policial en la región durante años, y , tras la muerte de su familia a manos del ejército,  su posterior integración a la FDN, una organización ficticia que busca englobar a todas las luchas armadas que se ocultan en la selva para a emerger y tomar el control de forma ultraviolenta de toda villa a su paso

La vida de Agu será la de millones de niños de África, un continente sumergido en profundas inestabilidades derivadas del colonialismo y la lucha constante entre rebeliones armadas y gobiernos autoritarios, que si bien no nacieron, si se recrudecieron durante la guerra fría y aún se nutren de estás dicotomías del norte y sur global, mientras las transnacionales se colman de la explotación de los recursos naturales y la mano de obra barata del continente.

Fukunaga acompaña su impresionante narrativa visual con una voz en off de Agu primero narrando su vida, después solo dando breves interpretaciones, apenas esbozos de razón, de un mundo que destruye y carcome todo a su paso, incluso los adentros de hombres y mujeres...especialmente los adentros de hombres y mujeres.

Escapando de ser fusilado, Agu será encontrado por el FDN y conocerá al Comandante, un Idris Elba demoledor, que combina sangre fría y cinismo con falsa empatía y manipulación. Con un ejército de infantes, a su paso solo dejará cuerpos que se apilan y pudren al intemperie, resultado de batallas y ejecuciones sumarias sin juicio ni defensa posible. Agu tendrá instantes infantiles pero es consciente de que el monstruo en el que se ha convertido jamás le permitirá ser el mismo de antes. "Madre — dice para sí Agu — te hablo a ti porque aquí ni Dios nos escucha".

Una tragedia sigue a la otra en una sucesión constante, vertiginosa e imparable dónde Agu se llenará las manos de sangre, la piel de cicatrices, el cerebro de droga y el corazón de odio. La visión del director es clara. Encargándose él mismo de la cinematografía, el poder de cada imagen funciona perfecto a la trama la cual es siempre dinámica, sin sensiblería innecesaria ni brutalidad gratuita. Fukunaga resume en la historia de Agu la de un continente que se hunde por causas que lo rebasan. Es una desgracia que este tipo de obras queden relegadas a la arqueología de la base de datos de la plataforma, enterradas entre las arenas movedizas del algoritmo. Importante verla y asimismo no perder de vista que, pese a la maestría de su visión y de su arte, Fukunaga encarna todo lo contrario de lo que retrata con tanta fidelidad.

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