El bebé de Rosemary: ¿por qué es un clásico?

Reseñas generales

En la historia del cine de terror hay determinadas películas que quedan engarzadas en la conciencia popular y en el panteón de las joyitas inolvidables. Se pueden contar El exorcista, El resplandor, Alien, Suspiria o El bebé de Rosemary de Roman Polanski. Pero ¿por qué se transformó en un clásico?

 

La trama sigue a una joven pareja que se mudó a un viejo edificio en Nueva York. Sin embargo, cuando están instalándose el escenario se va encareciendo: rumores de un antiguo culto de brujos que vivió en el lugar, un mueble movido misteriosamente para tapar un armario, extraños ruidos provenientes del departamento de al lado.

 

Hablar de Roman Polanski no está exento de polémicas. El abuso sexual a una niña de 13 años dejó para siempre una mancha en su carrera y su entrada a Estados Unidos fue prohibida hasta el día de hoy. Habiendo dicho eso, también fue un director que se podría considerar en muchos aspectos parte del movimiento del New Hollywood que renovó el cine.

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El edificio Bramford es un protagonista más en la obra.

Antes de la película analizada acá ya había dirigido muchos cortometrajes, y obras como El cuchillo en el agua, Callejón sin salida o la más directa predecesora de El bebé de Rosemary, Repulsión. A fines de los sesenta se embarcó en la tarea de adaptar la reciente novela homónima de Ira Levin y el éxito de la película fue ya rotundo en el momento de su estreno.

 

El largometraje es extremadamente inteligente al ir construyendo una narrativa y una tensión de manera sutil y progresiva. Va disponiendo aquí y allá pistas que, sin estremecer de inmediato o generar un fácil jumpscare, dejan huella y van formando una atmósfera de creciente perturbación.

 

Los primeros planos de la obra son los de una Nueva York de mitad de los sesenta; el Central Park y el cielo son mostrados, pero luego ocultados y tapados por una vieja y gran edificación, el escenario principal de toda la obra: el edificio Bramford. Luego, corte a la joven pareja interpretada por la estrella en ascenso Mia Farrow y el también actor y afamado director John Cassavetes.

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El mueble puesto delante del armario es uno de los primeros signos de lo extraño.

La inteligencia está en los pequeños detalles que al principio pasan de forma casi desapercibida pero que dan la sensación de que algo no está bien: las miradas de quien maneja el ascensor, el suelo roto, como si algo pesado hubiera sido movido, una inusual oración escrita por la vieja dueña que dice “Ya no puedo reconocerme” o, por supuesto, el pesado mueble movido para tapar la puerta del armario. 

 

Aquellos pequeños fragmentos mostrados logran que el espectador rellene con su imaginación lo expuesto, y ahí radica la fuerza de la narrativa planteada en la película. Los rumores siniestros que rodean al edificio y los detalles mostrados al comienzo sirven de puntapié para preguntarse qué es realmente lo ominoso de ese lugar.

 

Y esas sospechas se van recrudeciendo a medida que transcurren los hechos cada vez más tumultuosos: la muerte de Terry, la chica que vivía con Roman y Minnie; los sueños (o pesadillas) vívidos que va teniendo Rosemary; la violación de parte de Guy que es tomada de forma natural por este; el comienzo de la ingesta de carne cruda por parte de la protagonista.

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El amuleto regalado por Minnie es un signo más de lo ominoso in crescendo.

En paralelo a los sucesos más viscerales, siguen habiendo destellos de lo más sutil: la pareja recién mudada que tiene sexo de forma antinatural, el amuleto que le regala Minnie a Rosemary o las prescripciones específicas que le da el médico.

 

Así, de forma progresiva, la película se va envolviendo en una niebla cada vez más densa de lo ominoso, y en esta no solo contribuye el guion, sino la perturbadora música de Krzysztof Komeda (cuya trágica y prematura muerte ocurriría poco después de haberse estrenada la película, al caerse de un barranco en Los Ángeles) cuya sonoridad es similar a la de una canción de cuna; la omnipresencia del oscuro edificio Bramford y su escenografia, la cual es una protagonista más de la película, y por sobre todo, las interpretaciones de todo el casting.

 

Roman y Manny, interpretados por Sidney Blackmer y Ruth Gordon, incomodan en su extrema servicialidad y amabilidad, mientras que Cassavetes descoloca en su papel de un marido que aparenta esconder mucho más de lo que muestra. Pero el reflector se lo roba Mia Farrow por entero, sin cuya maravillosa actuación de una joven cada vez más vulnerada la película no funcionaría.

Halloween Life Drawing at The Brunswick Green — Rosemary's Baby
Los sueños vívidos son la representación de la experiencia de Rosemary cercana a lo sobrenatural.

Rosemary desciende por una espiral de creciente inestabilidad. Tanto su interpretación como el maquillaje, el corte de pelo y su delgadez atraviesan la pantalla en lo que es una mujer que está más cerca de la muerte que de la vida.

 

A su vez, la cámara capta lo siniestro de forma directa y lo torna en algo casi claustrofóbico y en constante suspenso, con planos inmóviles de una Rosemary sufriendo en el departamento o con ella hablando por teléfono de forma urgente mientras la espalda de un hombre que no se da vuelta espera afuera y parece ser la de Roman.

 

Dos personajes son fundamentales para que Rosemary comience a ver lo que le ocurre con otros ojos, y son precisamente externos a toda la red en la que se ve envuelta: Hutch y su grupo de amigas. Gracias a la investigación del primero, y a los comentarios de sus allegadas se va rompiendo el velo que la cubre a la protagonista.

Los planos de encierro acrecientan la tensión y la claustrofobia en la película.

En la película está más que presente el subtexto de la violencia generada hacia el cuerpo de la mujer. La violación explícita, los remedios que se le da y que la van tornando famélica y sufriente, todo un círculo de gente que la utiliza solo como medio para gestar, el mismo sistema de salud que le da la espalda a ella (representada por el Dr. Hill) y la tilda de loca  son signos de lo que socialmente ocurría y sigue ocurriendo

 

En ese sentido, no es ninguna casualidad que la película haya sido estrenada en 1968, en el pico de los movimientos feministas de los años sesenta, y justo antes del comienzo de la aprobación del derecho legal al aborto en todo Estados Unidos, en 1973 (algo que fue revertido hace dos años, en 2022).

 

El no mostrar como decisión para generar el terror tiene su momento más icónico al final de la película: cuando Rosemary se acerca a la cuna cubierta de negro en donde está el hijo de ella (y de Satán) su expresión de terror quedó grabada en las retinas de la cultura popular (sin ir más lejos, la reciente Longlegs recrea esa misma expresión). Y luego, solo una línea: “¿Qué le hicieron a sus ojos?”.

Film Review] Rosemary's Baby (1968) — Ghouls Magazine
El terror de lo que no es mostrado.

Sin siquiera mostrar el rostro del bebé, solo con sus llantos y con la reacción de Rosemary se construye el epicentro en donde gira toda la obra, y que hasta está en el título. Es la omnipresencia que no se ve, y ahí está la inteligencia de toda la película: no mostrar para aterrar.


Nota por Alex Dan Leibovich | Periodista | Redactor en Clarín, Peliplat y Erramundos.


Publicado el 31 de octubre del 2024, 8.47 PM | UTC-GMT -3.


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