Videoclub | Argylle (2024)
Reseñas generales
Hubo una época en que la noticia de una nueva película dirigida por Matthew Vaughn me hubiese provocado alegría o entusiasmo. Hoy, ya no. Antes, leía su nombre y mi cerebro automáticamente pensaba en su rol como productor de las primeras películas de Guy Ritchie y como director de la genial Kick-Ass (2010), de la grata sorpresa que fue X-Men: First Class (2011) y, sobre todo, de la excelente Kingsman: The Secret Service (2014) y su inferior pero efectiva secuela Kingsman: The Golden Circle (2017). Sin embargo, últimamente, mi respuesta pavloviana al nombre del cineasta inglés dista de ser positiva, ya que los créditos que ahora se me vienen a la mente son su ópera prima Layer Cake (2004), la solemne y decepcionante The King’s Man (2021) y la inenarrable Argylle (2024). Debo admitir que nunca vi Stardust (2007), pero luego de atravesar los 139 minutos de una de las peores películas del año, lo último que quiero en este momento es volver a ver el logo de Marv.
Estrenada localmente con el redunante título Argylle: Agente secreto, la película cuenta la historia de Elly Conway (Bryce Dallas Howard), una tímida escritora de libros de espías que, ante la inminente publicación de la última entrega de su saga más popular, comienza a ser cazada por agentes de verdad. Al parecer, sus ficciones llenas de clichés del género han predicho hechos reales con una insólita exactitud, razón suficiente para que un grupo de espías malos acuda a ella y la obligue a localizar un coso que los hará aún más malos, mientras que un grupo de espías buenos hará lo imposible por protegerla, obtener el coso antes y salvar al mundo, o algo así (si al propio film no le importan los vericuetos de su convulso relato, ¿por qué deberían importarme a mí?). En cualquier caso, lo central es que, debido a un conveniente caso de amnesia (gran parte del guión yace sobre razones o circunstancias “convenientes”, algo que los propios personajes señalan), Elly no sabe que ella misma solía ser una letal espía y que sus predicciones no son más que recuerdos. Tal revelación constituye el punto medio del film, el cual, como habrán intuido, no podría llegar más tarde: prácticamente todos saben la verdad sobre Elly desde el vamos (pero lo ocultan; caso contrario, no hay película), y todo espectador que haya visto The Long Kiss Goodnight (1996) o The Bourne Identity (2002) es capaz de predecir dicho giro argumental sin mucho esfuerzo o margen de error.

No obstante, más que su predictibilidad, el aspecto más tedioso del guión radica en su pereza: teniendo la oportunidad de montar un juego de contrastes, de espejar al imaginario colectivo del mundo del espionaje con una versión alternativa, menos glamorosa y más realista del mismo, la película simplemente opta por repetir sus lugares comunes y se desenvuelve sin aportar nada nuevo, más que algo de autoconsciencia, escenas de acción para el olvido y transiciones digitales verdaderamente vergonzosas. En otras palabras, existiendo la posibilidad de ser la Last Action Hero (1993) del cine de espías, Argylle se conforma con ser una de Netflix con Ryan Reynolds, por así decirlo. Basta con comparar su exagerada secuencia inicial, plagada de guiños a la franquicia Bond, a las misiones imposibles de Tom Cruise y hasta a Bad Boys II (2003), con la del tren, la primera secuencia de acción que transcurre en el “mundo real” de la protagonista. La diferencia visual, estética y tonal es nula. Hasta la tipografía que nos ubica geográficamente en las locaciones de la ficción y “las reales” es la misma. De hecho, el propio Aidan Wilde (Sam Rockwell, esforzándose por una película que no lo valora) lo dice explícitamente: cómo lucen los espías en los paperbacks de Elly y cómo lucen realmente es lo único distinto entre los universos, el resto es exactamente igual.
Por otro lado, en esa misma secuencia se manifiesta por primera vez el insoportable recurso visual que Vaughn utiliza una y otra vez, hasta el hartazgo, para reflejar aquella igualdad entre mundos y anticipar el citado giro argumental. Hablo del “pestañeo” de la cámara como punto de vista de Elly, quien no puede parar de ver al personaje ficcional del título (Henry Cavill) en la realidad. Más tarde, en medio de otra escena de acción, ella misma grita cansada: “Why does this keep happening?!”, reflejando a la perfección la frustración de los propios espectadores, obligados a ver coreografías que, probablemente, estén muy bien ejecutadas, pero que se tornan absolutamente inmirables gracias a las interrupciones de un efecto digital que, cada dos segundos, resta más de lo que suma. Lo mismo ocurre con: todas las instancias en que el Agente Argylle se dirige directamente a la verdadera Agente R. Kylle (en retrospectiva, la revelación de “Benson = Ben’s son” de I Still Know What You Did Last Summer (1998) era más digna), con las elipsis que dependen de que la protagonista se duerma o desmaye, y con unas tomas en cámara lenta tan injustificadas que parecen dirigidas por Zack Snyder.

Visualmente, Argylle deja muchísimo que desear: ambientada en vistosas locaciones internacionales, pero filmada en estudio y con pantalla verde, emplea unos fondos digitales tan distrayentes y berretas que ni siquiera se prestan para un chiste vinculado a Marvel. Para colmo, la propia película pone su abuso de los VFX en primer plano: no sólo el gato de la protagonista es un abominable compendio de píxeles (casi tanto como los felinos de Cats (2019)), sino que encima lo incluyeron en todos los pósters y tráilers (ocultarlo lo más posible hubiese tenido más sentido). Uno no puede evitar preguntarse cómo, con un presupuesto de alrededor de 200 millones, Argylle pueda verse tan mal. ¿A dónde fueron a parar todos esos dólares? ¿Al elenco multiestelar? Seguramente, y en ese caso, debemos felicitar a Samuel L. Jackson, quien cobró el cheque más fácil de su vida por rodar apenas dos escenas: una, “en un hermoso viñedo francés”; la otra, viendo un partido de los Lakers. Dicho sea de paso, otro rubro significativo dentro del budget deben haber sido los derechos musicales de “la última canción de Los Beatles”, cuyo existencia y lanzamiento no son otra cosa que un milagro, pero Vaughn y compañía no deben verlo así, ya que el uso de “Now and Then” en el clímax resulta tan desatinado que excede lo profano.
Hablando del clímax, creo que éste funciona a la perfección como reflejo de las negligencias y la enorme desidia que aquejan a Argylle: luego de una de las secuencias más coloridas y ridículas del 2024 (en que la acción es cualquier cosa menos perceptible), los personajes se trasladan a un depósito de petróleo donde, debido al líquido inflamable esparcido en el piso, los villanos guardan sus armas de fuego y desenvainan sus cuchillos. Pronto, la autora devenida mujer superpoderosa se apodera de dos de ellos, los adhiere con facilidad a la suela de sus botas y se dispone a patinar sobre el petróleo mientras, al ritmo de la música, liquida a todos los maleantes. Pero esperen, que eso no es todo, porque antes de terminar, los remata con una ametralladora. ¿Y qué pasó con eso de no disparar? “Ah, no importa, se ve cool”, nos responde la película. “Cualquier cosa, lo justificamos con un chiste metatextual y pasamos rápido al siguiente chroma, digo, locación. Ah, y antes de liberar a los espectadores, sometámoslos a una más: una escena post-créditos que despierte tanta confusión como desinterés. ¿Qué tal un crossover con la saga Kingsman?”. No, gracias, Sr. Vaughn.


































Comentarios 0
Todavía no hay comentarios.