The Penguin es Colin Farrell, ¿quién más?
Reseñas generales
Cuadritos y actores

Nacido en los cómics gracias a Bob Kane y Bill Finger, entre las deformidades lombrosianas de (esa obra maestra que es) Dick Tracy y la huella expresionista del cine alemán, El Pingüino / The Penguin es uno de los muchos personajes que pueblan la galería alucinante de villanos de Batman. Aparece por primera vez en Detective Comics #58 (diciembre de 1941), lo que indica -por su fecha- la influencia del cine de gángsters y de la literatura noir, inaugurada por Dashiell Hammett en 1929 con Cosecha Roja. Y si de Hammett se trata, de 1941 es la segunda versión al cine de El halcón maltés, con dirección de John Huston y protagónicos de Humphrey Bogart y Mary Astor. El Pingüino comparte muchas raíces concomitantes.
Por otra parte, está la caracterización variable que el personaje ya tiene en el cine y la televisión, con la imagen arquetípica de Burgess Meredith en la serie Batman (1966), la relectura neo-gótica de Danny De Vito en Batman Vuelve (1992, Tim Burton), y la notoria elaboración por parte de Robin Lord Taylor en la serie Gotham (2014). En The Batman (2022, Matt Reeves), Colin Farrell ofreció una personificación sorprendente, enfrascado en un maquillaje que le volvió indiscernible del personaje, hasta tal punto que a muchos tomó por sorpresa descubrir el nombre del actor en los títulos.
La serie televisiva The Penguin es mucho más que una mera transposición de las nuevas peripecias en la vida del personaje; antes bien, significa un momento de esplendor dentro del más o menos caótico universo audiovisual de Batman. Hoy por hoy, una franquicia. La impronta de Joker (2019, Todd Phillips) tiene mucho que ver en la seña constitutiva de este nuevo Batman. La marca citadina, verista y no solemne (aquí es donde el Batman de Christopher Nolan empalaga en lo suyo), afectó y para bien a las producciones vinculadas con el hombre murciélago. La promesa de una serie dedicada a The Penguin ya es una realidad, al momento de esta nota son 5 los episodios, y las ganas de ver cómo sigue el asunto van a la par del encariñamiento que el personaje despierta.
Según las señas particulares desarrolladas por Colin Farrell y equipo -la serie fue creada por Lauren LeFranc (vinculada a Agents of SHIELD e Impulse, entre otras)-, The Penguin es un arribista, un niño mayor que depende del cariño de su madre con Alzheimer, quien le ha convencido de que la ciudad puede ser suya. Un amor de madre que le ha hecho superar el dolor físico de caminar maltrecho, ante la mirada malévola de quienes le rodean y bautizan con el mote de “Pingüino”. Un amor materno que, también, despierta neurosis y, a veces, psicosis.
Al servicio de un capo mafia, Oz mira torvo y masculla en secreto otros horizontes de vida. Para hacerlo, se vale del lugar común de tanta narrativa criminal. Si de hacer las cosas bien se trata, más vale apelar a los que saben. Y esta serie lo hace.
Hammett, siempre Hammett

En Cosecha Roja, Dashiell Hammett sienta las bases del relato noir americano, en la historia de un personaje que enfrenta a dos bandas rivales, traficando secretos y mintiendo, con el fin de sacar la mejor tajada para sí. El pueblito de Hammett es Poisonville, en franca metáfora del devenir criminal que cundía en Estados Unidos por esos años, afectados por el crack de Wall Street, la Ley Seca y los gángsters. De igual modo, Oz hará lo suyo en Gotham, entre las familias Falcone y Maroni. Alguno de ellos está en la cárcel, otra de ellos acaba de cumplir condena en el psiquiátrico Arkham; hay disputas que se entreveran y él es quien manipula algunos de los hilos, a la vista pero sin levantar sospechas.
A su manera, Oz es la plasmación un tanto grotesca de varios gangsters y criminales, tan posibles como imaginarios; el rostro de Colin Farrell se cubre de un maquillaje que le vuelve literalmente otro. En esa otra piel, su Pingüino es mixtura facial entre el clasicismo de los actores Edward G. Robinson (Little Caesar, 1931) y Paul Muni (Scarface, 1932), rostros del cine de los años ’30, en consonancia con el declive moral de Estados Unidos. Ellos, mafiosos pero pobres, lograban llegar a la cima a través de la violencia. Así como James Cagney en The Public Enemy (1931). La única manera de escalar en una sociedad corrupta es siéndolo: una sociedad, en suma, que se legitima en una escisión social que beneficia a los que más tienen, y a través de la condena a los que menos.
De esta manera, en Oz reencarna una vieja tradición de antihéroes, villanos a su pesar. No es que la serie o aquellas películas romanticen el delito, sino que se valen de éste para su crítica social. Oz, en verdad, disfruta de la villanía; también porque es éste el lugar en el que lo ha puesto la sociedad. O es un mero engranaje dispensable o hace algo consigo. Educado en la violencia, no tiene más para ofrecer.
Ascenso y descenso
Para desplegar su plan, se valdrá de un sidekick, y en la mejor tradición de los cómics; es decir, The Penguin tendrá a su “Robin” en Victor (Rhenzy Feliz), un joven delincuente que intenta robar al auto de Oz en el primer capítulo, en un gesto que recuerda a Jason Todd, el segundo Robin de Batman en los cómics. Oz apadrina y se gana el cariño de este niño adulto y huérfano; tal vez por ver en él, tartamudo como es, una réplica de sí mismo. Lo notable es cómo la serie -porque es una buena serie- sabe ahondar de manera gradual en cada uno de los personajes, que hacen a un entramado de encastres precisos. Hasta tal punto que, sin Victor, Oz ya no sería el mismo; y viceversa.
Para lograr esto, algunos episodios de The Penguin hacen que su personaje estrella se retraiga levemente, hasta lograr un paso al costado que será llamativamente total en el cuarto episodio, dedicado al que es el personaje hallazgo de la serie: Sofia Falcone, interpretada por una espléndida Cristin Milioti. Sofia cumplió diez años de condena en Arkham, manipulada por los designios secretos de su familia. Ella, la loca, es la inteligente. Y no tardará en cobrar un relieve progresivamente mayor en la trama, algo que en este capítulo logra con un momento cúlmine. ¿Cómo seguirá de aquí en más la relación con Oz, su otrora confidente? Es uno de los muchos momentos de interés que despiertan.

Así también con el descubrimiento de la morada más afín a los designios de quien todavía no acepta ser llamado “Pingüino”. Es ese el momento donde culmina el quinto episodio, y para llegar allí, hubo un recorrido de ascenso y descenso. Es decir, cuando parecía que Oz tenía consigo las cartas ganadoras y se haría con el control de la mafia de Gotham -a partir del descubrimiento de una nueva droga, alojada en un hongo alucinógeno-, la situación final lo expulsa.
Lo que aquí importa, sobre todo, es la plasmación moral del asunto. Vale decir, Oz es alguien de procedencia lumpen, preocupado por salir de un ámbito al que no piensa regresar. Sin embargo, y en función de la deriva argumental -tan fortuita como premeditada por el guion-, él, su madre y Victor, se reencontrarán con el viejo barrio, esa morada simbólica. Oz será devuelto al barro originario porque, en suma, se trata de alguien pobre, alguien que no nació en cuna de oro ni con apellido de lustre; alguien que no será tenido en cuenta más que como eterno chofer. El dinero le podrá proveer de otras posibilidades de vida, pero no le hará nunca digno de esa cuna negada.
Entendido esto, serie y personaje están en condiciones de hacer nacer al Pingüino. Si la superficie no le corresponde, lo será entonces el submundo. El juego entre el anverso y el reverso, la luz y la noche, una dualidad que es expresión anímica de un malestar que toma al personaje de Oz como estandarte, cuando, en verdad, lo es de toda una sociedad lastimada, inclemente y de génesis perversa.
En The Penguin, lo mejor está por venir.
Leandro Arteaga





























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