Genio e Ingenio

Dirección

Uno de los primeros genios del cine muere en un accidente de camino al estreno de su último film. Un giro de película para una vida de película que incluye malos augurios de adivinos y cancelaciones post mortem propias de la doble moral de la época. Pero antes de todo esto el accidentado logró completar una obra maestra (ya tenía algunas otras en su haber), hecha en colaboración con otro de los primeros genios de la historia del cine.

 

Impermanencia

 

Según Fernando Pessoa, la diferencia entre el genio y el ingenio está dada por la desadaptación al medio en el primer caso y la completa adaptación en el segundo, lo que redunda en una aceptación tardía para lo primero y un éxito instantáneo pero efímero para lo segundo. Esto le venía muy bien a Pessoa para explicar su propia vida de éxitos esquivos y desasosiegos, pero no por eso deja de ser certero.

 

Me he referido, en un artículo previo, al desadaptado de Miguel Gomes y su Tabú (2012), que revisita otra película del mismo nombre, pero del año 1931, hecha por dos genios, adelantados a su tiempo, y también peleados con su presente. Y como si eso no fuera suficiente, también peleados entre sí. 

 

F. W. Murnau

 

Esta será, entonces, la historia de aquella aventura.

 

El pecado original

 

Se suele hablar, con mucha liviandad la mayoría de las veces, del antes y el después que marca una gran obra de arte.  Son tantas las cosas que nacen y mueren con el estreno de Tabú (1931) que no es descabellado en este caso apelar a esa vieja fórmula.

 

Por empezar, lo que ya había muerto era el cine mudo, y esta película se transforma, junto a Luces de la ciudad de Chaplin, del mismo año, en una de las últimas maravillas de ese período. Pero también muere el mismísimo director, F. W. Murnau, en un accidente, cuando se disponía a asistir al estreno del film.

 

Y, claro, nace su propio mito.

 

Nace también el cruce del documental y la ficción, adelantándose por varias décadas a la tendencia actual a borronear esas fronteras. En esto mucho tiene que ver la presencia de Robert Flaherty, codirector del proyecto hasta su partida por diferencias artísticas. Flaherty ya lo había anticipado en la extraordinaria Nanook el esquimal (1922). Murnau había hecho nada menos que Nosferatu el vampiro en el mismo año en Alemania, y su paso a Hollywood, lejos de atenuar sus inquietudes, derivó en la creación de Amanecer (1927), que quizás sea la mejor película de todo el período mudo, y una de las mejores de la historia.

Robert Flaherty

Ambos emprendieron la aventura de ir a rodar a los mares del sur una película inclasificable, que abruma acumulando verdades y artificios y amaga con ponerse específica al describir las costumbres de los habitantes de Bora-Bora para luego  detenerse en una historia de amor trágico y universal.

 

Basta con ver su poético final para comprender que tantos intereses contradictorios no hicieron más que generar cine en estado puro.

 

Murnau, el desadaptado

 

Fiedrich William Plumpe, más conocido como F. W. Murnau nació antes que el cine, en Bielefeld, Westfalia, Alemania, en Diciembre de 1888. Estudio literatura, historia del arte y filosofía en la Universidad de Heidelberg. Luego inició una carrera teatral que fue interrumpida por el inicio de la Primera Guerra Mundial. Antes de ello había cambiado su apellido por uno tomado de un pueblo de Baviera que había visitado en sus viajes en bicicleta.

 

Siempre estuvo en la vanguardia, no sólo en la guerra. En la contienda fue piloto aéreo.

 

Recuperado de un grave accidente con su avión inició su carrera como director de cine en 1919. Una carrera que lo vincula con el expresionismo de esa década y lo llevaría a completar 17 films en sólo 7 años, y que incluye clásicos como La última carcajada (1924) o Fausto (1926), y su película más recordada Nosferatu (1922). Esa reversión del Drácula de Bram Stoker provocó que la viuda del célebre escritor le hiciera un juicio por plagio (con toda la razón de su lado), y lo ganara, ya que las semejanzas eran evidentes. Afortunadamente Murnau incumplió la condena, que consistía en destruir todas las copias existentes de su película.

 

A continuación llegaría su etapa en Hollywood, que estaba a punto de dar el redituable salto al cine sonoro. Murnau llegó en 1926, antes que casi todos los demás directores que empezarían a huir de Europa ante el ascenso del nazismo y la alta probabilidad de una nueva guerra. Lo primero que hizo allí fue lo más extraordinario, la ya mencionada Amanecer, que de tan genial mereció un Oscar inventado para la ocasión. 

Amanecer

Esa entrega de premios siempre fue concebida como una celebración de la industria, y en su primera edición (1929) consagró a Wings (1927), de Willam Wellman. Una proeza técnica, y un premio a la espectacularidad que marcó tendencia durante casi todas las entregas posteriores del siglo XX. Curiosamente, esta película es una exaltación del desempeño de los en ese momento novedosos pilotos aéreos en la guerra, algo que Murnau conocía bastante bien. Pero Amanecer era tan superior que mereció un Oscar a la Producción Artísitca, equivalente en ese año al de Mejor película. Además se quedó con el premio a Mejor Actriz para Janet Gaynor y Mejor Dirección de Fotografía (indudablemente una de las mejores de todos los tiempos) para Charles Rosher y Karl Struss. De paso hay que decir que el premio al mejor actor fue para Emil Jannings, que antes había trabajado con Murnau en las ya mencionadas La última carcajada (1924) y Fausto (1926).

 

Amanecer fue un gran éxito de crítica, pero no de púbico, que es lo que finalmente importaba. Murnau tuvo que hacer concesiones en sus dos trabajos siguientes, mucho más convencionales, que terminaron siendo un fracaso. Frustrado, se tomó unas largas vacaciones en Bora-Bora, en donde ideó su próximo proyecto, cuyo nombre completo fue Tabú, una historia de los mares del sur. Las complejidades de filmar tan lejos de los estudios hicieron que se sumara Robert Flaherty, amparado en la experiencia en Nanook. El problema es que las visiones de ambos directores no podían ser más distintas y Flaherty terminó abandonando el proyecto, tras un año y medio de complejo rodaje. La película recién se estrenaría en 1931, cuando el cine sonoro ya estaba de moda.

Tabú

Y es entonces cuando entran a jugar en esta historia los caprichos del destino. El estreno sería en Nueva York y Murnau vivía en Los Ángeles. Antes de emprender el viaje, el director alemán consultó a un adivino, como era su costumbre, y este le aconsejó no viajar en auto. Murnau, salvado casi milagrosamente del accidente aéreo de la guerra, le daba mucha importancia a esas consultas.

 

Obediente, decidió emprender un largo viaje en barco cruzando el canal de Panamá, pero para ello debía partir desde San Francisco. El previsto accidente de auto lo encontró igual, en el corto trayecto que va de Los Ángeles a San Francisco, a la altura de Santa Mónica.

 

Las circunstancias que rodearon su muerte fueron escandalosas, ya que viajaba con su amante, un joven de 14 años que había conocido en los mares del sur, que oficialmente era su chofer. Por ese motivo a su funeral solo asistieron once personas (entre ellas, Greta Garbo). Su homosexualidad debía ser públicamente castigada, aún cuando era un hecho conocido en su circulo cercano. Ni siquiera la mismísima y oscarizada Janet Gaynor estuvo en su sepelio. Ese escándalo eclipsó por completo su imagen, y en ese momento su obra, que casi cien años después sigue resplandeciendo.

Comentarios 3

D
Daniel Castelo23 de octubre de 2024
Gran y merecido homenaje, Fer. Abrazo.
B
ByeHollywood22 de octubre de 2024
¡Qué gran artículo! Pienso que aunque las películas nuevas son mucho más avanzadas que las viejas en cuanto a la tecnología, sigue habiendo cosas que las increíbles películas viejas no pueden reemplazar.
R
Roberto Luis Reano Brunazzi18 de octubre de 2024
Genial nota Fernando, esta me lleva a saber y ver todo lo creado por Murneau, pero además comprender la riqueza y valores del cine mudo.

De este autor