¿Le temes a la electricidad? | Man Made Monster (George Waggner, 1941)

Reseñas generales

Aunque visto desde ahora la energía eléctrica nos parece un elemento intrínseco a la vida urbana, lo cierto es que la generación y la distribución de la electricidad en las ciudades de occidente tomó varias décadas, desde fines desde el siglo XIX y a comienzos del XX. Además fue extendiéndose paulatinamente en la escala social, desde las zonas residenciales más pudientes hasta las menos, y comenzando por el tendido público de cableado e iluminación de calles y edificios esenciales como hospitales y estaciones de transporte. 

 

 

A lo largo de todo ese período, la electricidad no fue vista precisamente como una bendición, sino como una amenaza. Una vasta porción de los habitantes de las ciudades no comprendía su naturaleza ni su funcionamiento, no sabía manejarla ni administrarla, y tampoco estaba completamente advertida de sus peligros. Como la mayoría de lo que no se comprende, y a pesar del fundamento científico detrás de la generación eléctrica, para mucho sectores sociales la electricidad era un invocación maligna, un hechizo o una creación diabólica. Hace poco reseñamos The Omega Man (1971), donde un sobreviviente al ecocidio es acechado por una secta oscurantista que rechaza toda la cultura moderna, comenzando por la luz eléctrica. Lo que en los ‘70 podía ser una especulación de ciencia ficción, a comienzos de siglo era real: muchas personas temían o rechazaban a la electricidad.

 

 

Daniel Pérez Zapico es uno de los pocos historiadores que se ha tomado con seriedad el miedo a la electricidad o el accidente eléctrico como un fenómeno social significativo. Como él afirma, existe evidencia histórica de cómo “el miedo al fluido [eléctrico] no fue un fenómeno marginal sino una sensibilidad generalizada y extendida entre diferentes sectores, aunque adquirió formas social y culturalmente diferenciadas (dependiendo de la clase social o el género, por ejemplo), obligando a los promotores de los negocios eléctricos a emplear una variedad de técnicas en diferentes lugares para ganarse la opinión del público”. 

 

 

La publicidad en favor de la electricidad debía pelear contra prejuicios extendidos, y también contra hecho reales, como las muertes por electrochoque. Como dice Pérez Zapico, el miedo persistió por medio de los numerosos accidentes por contactos accidentales con las líneas aéreas de las ciudades, mientras que la lucha entre los lobbys de la corriente alterna y continua no ayudaron a construir una imagen segura para la energía. El caso de la electricidad es, además, especialmente complejo con respecto a otras fuentes de energía, ya que al igual que había sido usada durante décadas con fines médicos y terapéuticos, también se empleaba desde 1890 como forma de ejecución pública”.

 

 

El cine, por su lado, no contribuía mucho. A la leyenda monstruosa de Frankenstein que abonaron las películas de James Whale con Boris Karloff como protagonista (Frankenstein, de 1931; y The bride of Frankenstein, de 1935) se sumó años más tarde Man Made Monster (1941), de George Waggner. Breve, la película de este joven experto de la industria hollywoodense de los años ‘30 (trabajó como asistente de Howard Bretherton y William Nigh entre muchos otros, en películas de acción mayormente, y que seguiría con una carrera más que promisoria en las décadas siguientes, incluyendo al Batman de los ‘60) trabaja sobre este miedo social a la electricidad para desarrollar una historia inverosímil pero efectiva de conspiración científica, especulación existencial y hombres monstruosos.

 

 

La película trata sobre un hombre con una especial resistencia al contacto con la tensión eléctrica. Dan McCormick (el grandulón Lon Chaney Jr.) es un trabajador de circo que sobrevive inexplicablemente al choque de un autobús contra un poste de alta tensión. Todos los demás pasajeros fallecieron en el acto pero él se recuperó rápidamente. Dan se convierte entonces en material de estudio para dos científicos, que aunque son socios tienen miradas divergentes sobre el origen de la vida. El Dr. John Lawrence (Samuel S. Hinds) es un reputado investigador que se muestra intrigado por seguir estudiando la vida en los términos en que lo hace la academia biológica, mientras que el Dr. Paul Rigas (Lionel Atwill) tiene ideas más radicales. Para Rigas no hay mística ni misterio orgánico en la generación de la vida: ella se puede generar simplemente desde la electricidad, como ya ha probado la ciencia. Los cuerpos humanos generan electricidad y eso es explicación suficiente para creer que, desde esa misma fuente, se puede crear vida.

 

 

Con trapisondas, entonces, Rigas comienza a experimentar con Dan para probar su teoría. Su método no es claro, aunque poco importa: Dan es sometido a cargas cada vez más altas de electricidad, que van quitándole la energía y haciéndolo dependiente del fluido eléctrico. El experimento llega a límites incontrolables, y Dan se convierte en un monstruo cargado de electricidad, angustiado y superpoderoso, que quiere volver a ser quien fue y que en ese intento atemoriza a la ciudad y ataca a los dos científicos. La enorme carga eléctrica se ve en Dan como un aura luminiscente trabajada como efecto visual de postproducción, una verdadera rareza visual digna de apreciarse. Pese a los esfuerzos por condenarlo, ni la silla eléctrica (¡claro!) puede contrarrestarlo. La hija del Dr. Lawrence y un periodista que sigue la noticia tratan de detenerlo y lo logran al final, en una grotesca pero emotiva e impactante escena, cuando Dan queda impedido de seguir su raid de terror por culpa de un alambre de púas. 

 

   

 

Es significativo que este guión había sido desarrollado por Universal unos años antes, más precisamente en 1936, justo en medio del auge de Frankenstein, algo que el estudio parecía querer aprovechar. Incluso se había pensado en el mencionado Karloff para el papel de Dan y en el gran Bela Lugosi para el papel de Dr. Rigas. Pero el proyecto quedó en la nada porque el guión se parecía en mucho a otro en el que Karloff y Lugosi estaban implicados por esa misma época, The Invisible Ray, dirigida por Lambert Hillyer, que sí se estrenó en 1936.

 

 

Pero Man Made Monster tiene poco que ver con la especulación espacial de The Invisible Ray o la crítica más general a la modernidad que tantas veces se ha leído en la novela de Mary Shelley, tantas veces llevada al cine. Man Made Monster -que terminó siendo esta película de menos de una hora de duración hecha con un puñado de dólares en solo tres semanas de rodaje- tiene un tema mucho más simple y circunscripto: el terror al poder de la electricidad, capaz de dar vida como de quitarla, en una sociedad donde Dios y su palabra ya no son suficientes para explicar los fenómenos como la luz.  

 

 

Comentarios 1

A
Arlequin25 de octubre de 2024
La vi!. Está disponible en YouTube, el mismo dúo de El Hombre Lobo (1941). Entretenida aunque sea cutre!

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