"The king tide": Cómo sacar agua de una piedra
Reseñas generalesRecuerdo con cierta añoranza los últimos años de la década de los 90. No es que me considere una persona nostálgica, pero aquella fue la época en la que mi afición por el cine me hacía devorar todo lo que caía en mis manos. Gracias a esto, pude disfrutar películas de todo tipo en una época donde la producción no era tan masiva como hoy en día. No existían las grandes plataformas ni teníamos preestablecido los pasos que un buen film debía seguir para cumplir esos mínimos estándares de calidad y entretenimiento que hoy en dia exigimos, a veces incluso de manera algo prepotente.
Fueron también los años de la eclosión del cine indie americano, con figuras como el malogrado Harvey Weinstein, que a través de Miramax, impulsó el cine de autor. El nacimiento de Tarantino o Steven Soderberg, con películas que no seguían con mapa el abecedario dogmático de la caligrafía cinematográfica. Pero también el intento de muchos otros creadores como Ton DiCillo o Atom Egoyan – por citar a un par- con propuestas que si bien no les encumbraron al Olimpo de los grandes nombres, sí que eran singulares y la mar de sugestivas.
En aquella época, muchos se atrevían por apostar en historias que no tenían por qué poseer una premisa absolutamente imprevisible, aquello que hoy llamamos el “High concept”. Al contrario, muchas de estas cintas se basaban más en el desarrollo de los personajes y unas tramas profundas repletas de psicología que en un entretenimiento desacerbado que te anclase por completo a la butaca.

Hace mucho tiempo que no sentía estar delante de una película que antaño hubiese catalogado de “muy interesante”, sin que al mismo tiempo me hiciese pegar saltos de alegría encumbrando a su director como el próximo mesías que nos salvará de el apocalipsis cinematográfico. Una cinta con sus errores y sus aciertos, equilibrada en su desequilibrio pero que brilla cuando se lo propone, dejando un buen sabor de boca y un buen puñado de preguntas en tu cabeza.
“The king tide”, del director canadiense Christian Sparkes, es una de esas películas.
En una remota isla perdida de la mano de Dios, vive una comunidad de pescadores que subsiste a base de su trabajo, muy desconectados de lo que ellos llaman “El continente”, una palabra que podría traducirse de manera más rotunda como “La civilización”. Allí, Bobby y Grace, acaban de perder a su primogénito cuando, misteriosamente, en una barca abandonada a la deriva descubren un bebé abandonado. Es una niña, a la que llaman Isla, y que será tratada varios años después como una auténtica diosa en el territorio, al ser poseedora de extraños poderes que le hacen sanar heridas y tener un especial contacto con la naturaleza. Este último don, será crucial para que Isla se convierta en una pieza demasiado dependiente de la comunidad, al ser capaz de controlar a los peces que sirven de consumo para los habitantes del lugar.

Bajo esta sencilla historia que bien podría ser un cuento infantil, el director apuesta por un desarrollo muy pausado, con una profusa presencia de la música atmosférica y el preciosismo fotográfico de los paisajes naturales. Casi como si de una nueva versión de “Picnic en Hanging Rock” de Peter Weir se tratase, los fenómenos paranormales que suceden a lo largo de la cinta, son retratados de manera cotidiana y sin ornamentos. Un corte de cámara mostrándonos un mar agitado, sumado a un par de planos detalle de los ojos de Isla, nos hacen comprender perfectamente que la magia de la niña ha sido activada, y nos ayuda a entender que el origen de sus dones está vinculado directamente a la naturaleza.
Nunca se explicará de manera clara cual es el origen de Isla, ni de donde proceden sus poderes, y aunque esto pueda resultar frustrante para el espectador medio, ayuda enormemente a envolver a la niña en un halo de misterio que justifica el tratamiento casi divino que le dan los habitantes del pueblo.
El ritmo se mantiene muy pausado a lo largo de toda la cinta, pero con un leve crescendo a partir de el momento en que Isla presencia un hecho traumático que provocará que sus poderes pierdan efecto.

Esto, repercutirá enormemente en la vida de la comunidad isleña, surgiendo entre los componentes de la misma, ese eterno dilema sobre el bien individual o el colectivo. Como en las grandes obras maestras del mejor cine de terror, ya sea “La noche de los muertos vivientes” de George A. Romero o “The mist” de Frank Darabont, el mal no es tanto lo sobrenatural sino la reacción de los humanos ante su propia mortalidad.
Resulta espeluznante como “The king tide” muta de fábula naturalista a maligno cuento de terror, con subtextos tan delicados como el abuso de los niños para beneficio de los adultos, o las familias disfuncionales. Esto, se desarrolla de manera muy sutil en gran parte del metraje – hasta que todo salte por los aires, claro – apoyado por unas interpretaciones más que decentes donde cabe destacar la de Frances Fisher (la inolvidable madre de Kate Winslet en “Titanic”) como Faye, la siniestra abuela de Isla, quien visualmente es casi presentada como una bruja. En el resto de departamentos, destaca una brillante dirección de fotografía y un montaje muy creativo que es utilizado para prescindir de los efectos visuales de manera muy efectiva y funcional.
Sparkes, mantiene el interés de manera bastante equilibrada, consiguiendo que la cinta aumente en intensidad conforme se acerca su resolución, en un gran ejemplo de pulso narrativo que va de menos a más. Si bien el comienzo de la cinta peca de querer envolverlo todo en un halo de misterio, abusando de una música atonal y sin melodía que llega a ser cargante y repetitiva, esto cesa conforme las cosas comienzan a ponerse serias y la comunidad ve peligrar su “idílica realidad”.
Si bien “The king tide” parte de una premisa que bien podría asemejarla a otras películas con un concepto sociológico muy potente – en muchos momentos me recordó a “The village” de Shyamalan – su continua intención de no cargar las tintas, hace que no acabe de volar por completo. Las situaciones planteadas son, sin duda, muy poderosas, pero ciertos cabos sueltos y un distanciamiento emocional evidente, provocan que no acabemos de conectar de manera intensa con el drama que se nos plantea.
Lo interesante es que esta “desconexión emocional” es sin duda una elección consciente por parte del equipo de la propia película, que en todo momento ha evitado dramatizar en exceso la trama, dándonos la sensación de que a la historia le falta algo.
Y probablemente no le falte nada, o mejor dicho, le falte eso que hemos convertido en estándar el cine más domesticado, la necesaria intención de que todo sea “bigger than life”. “The king tide” no lo es, ni lo pretende, y aunque es muy probable que se quede a medio camino en muchas de sus intenciones, no puede evitar recordarme a aquellas películas tan interesantes de finales de los 90. Películas que partían de una premisa muy sencilla, para sacar agua de una piedra y hacernos más de una pregunta incómoda a lo largo de sus poco más de 100 minutos de duración. Sin duda, no reventará taquillas, ni causará desmayos entre los espectadores, pero despertará esa chispa de curiosidad dormida ante tanto ruido.



















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