The Bear, temporada 3: más de la ¿mejor serie?
Reseñas generalesOso atado

Los ánimos que destila The Bear son peculiares, y a esta altura todo espectador lo sabe. De una primera temporada intensa, frenética, a una segunda tanda de episodios en donde la cocina parecía que no reventaba. Bueno, más o menos. La historia de Carmy Berzatto (Jeremy Allen White), el chef de talento internacional que sin embargo decide volver al viejo restaurant de barrio de su Chicago natal, encierra contradicciones atractivas, virulentas, espacios en blanco, un amor contrariado, la historia fatal de un hermano fallecido, y una carga familiar que -todo lo indica- acciona como imán fatídico. ¿Por qué volver al lugar de los entuertos cuando tanto se hizo para salir de allí? ¿Qué misterioso sino circunda a Carmy para tener que reiterar lo que sabe le hace mal?
Sobre el desenlace de la segunda temporada, el comedor The Beef se convierte en el restaurant The Bear. Algo ha cambiado. En verdad, es mucho lo que sucedió. Ahora, las maneras desde las cuales amigos, familiares y cocineros, se dicen “chef”, encierra mucho: es una comunidad que se alteró, se modificó, y en todo ello algo se ganó, pero algo se perdió. ¿Será mejor la comida? Seguramente. ¿Y los comensales?
El mismo lugar, el mismo barrio, la misma familia, se reformulan en relación al sueño de este cocinero perspicaz, perfeccionista y obsesivo, pero sin embargo un tanto inseguro. Sobre el cierre de aquellos episodios, lo que parecía ser un oasis de afecto, con la aceptación por parte suya del amor en la relación con Claire (Molly Gordon), se conmociona ante el axioma que cuelga de su cocina: “every second counts”, cada segundo cuenta. Y esos segundos, entiende él, son vitales para la consecución de su logro más ansiado. El afecto podría quedar en un segundo plano.
Narración admirable

Es notable cómo acciona el montaje. Christopher Storer, su creador, tiene pensada una puesta en escena contundente, y esto no aplica en muchas de las series. Cada episodio de The Bear cuenta lo suyo de manera irreemplazable, desde una dinámica que la hace distintiva. Si la primera temporada tenía una edición nerviosa, la segunda se aplaca. La tercera, en tanto, acciona a partir de un primer episodio que apela al corte de montaje por atracción, lleno de planos detalle en donde los platos de comida e ingredientes dicen lo suyo, a la manera de una delicada sinfonía: es la sucesión de una concreción siempre en proceso, porque no hay plato de comida del todo satisfactorio, y si lo hay, será cuestión de volver a intentarlo.
Es de una gracia visual lo que se relata, que causa placer por sí mismo; aun en su desesperación. Algo verdaderamente sorprendente, en un panorama audiovisual en donde la narrativa prevalece y sitúa al bendito “spoiler” como única manera del disfrute. El cine es mucho más, y The Bear, por estar cerca del cine, apela a la sabiduría fílmica. Si este episodio es la poética que predica, la narrativa desde luego que sobrevendrá también, y lo hará con un segundo episodio igualmente magistral, en torno a la mesa de cocina donde se reencontrarán todos y cada uno de los personajes en juego. El ir y venir en relación a esta mesa es ejemplar, con ingresos y egresos, para que cada quien recuerde cuántos son y quiénes los que interactúan en esta serie, a partir del maestro de ceremonias que es Carmy, empecinado en una nueva misión: diferentes platos de comida para cada día, y lograr una estrella. Instaurado el pleito, lo que sigue será cuestión de tiempo: ¿habrá estrella? Dependerá de la buena/mala crítica que se obtenga. Nada importa más. Otra vez el frenesí.
El plato y su alrededor

De esta manera, Carmy pauta el lugar nodal por donde circulará el grueso del relato, como así también las demás instancias narrativas, situadas en cada uno de los personajes que le orbitan. Entre ellos, la indecisión de Sydney (Ayo Edebiri) en la firma que la asocia al restaurante, ya que no le faltarán otras propuestas; el embarazo de Natalie (Abby Elliott), la hermana de Carmy, cuyo parto traería de vuelta a la temida madre (en la piel de, ya saben, ¡Jamie Lee Curtis!), la preocupación financiera del tío Jimmy (Oliver Platt), quien trae consigo a un experto en finanzas y recortes conocido como The Computer; el duelo de Marcus (Lionel Boyce) ante la pérdida de su madre, con quien de algún modo dialoga fantasmalmente mientras prepara nuevos y sorprendentes postres; la angustia de Richie (Ebon Moss-Bachrach) ante el casamiento de su ex y las sospechas de su hija, quien le dice “estás solo”; pero también y sobre todo la inquina que crece como bomba de tiempo entre éste y su primo Carmy: la cantidad de veces que se dicen “fuck you” podría tener algún record en este tipo de producciones.
Se incorpora además el relato y raccord de algunos personajes elegidos, como el episodio dedicado a Tina (Lisa Colón-Zayas), de quien conoceremos su familia y cómo llegó a obtener su trabajo en The Beef. Es un episodio conmovedor, por cómo actúa y quiere a su personaje la actriz, y por cómo enhebra trazos sensibles la serie, en el logro de un retrato que es también el de muchas personas sin trabajo, que el sistema desatiende y desprecia, salvados por el afecto circunstancial de un extraño: y éste será, justamente, el hermano de Carmy (Jon Bernthal). Todo el episodio es una hermosa excusa para el flashback.
Para de algún modo aliviar tanta tensión, esta temporada incorpora algunos pasos de comedia, más o menos logrados. Lo hace a través del tándem compuesto por Matty Matheson y Ricky Staffieri, en la piel de dos hermanos que responden a situaciones que devienen evidentes gags. Como si fueran Laurel & Hardy, cada aparición suya supone una puesta en práctica de pantomimas y atropellos verbales que, en este caso, remiten a Abbot & Costello. Tal vez no sea lo más logrado, ya que se revela demasiado en su artificio, por la pretensión de parecer lo que evidentemente semejan. Es tanta la atención hacia el comic relief que promueven, que tendrán acompañante de lujo: el actor John Cena aparece aquí como otro de estos hermanos, viene a pulir el piso y comparte con ellos una suerte de sketch que, más allá de cuánto guste, se vuelve imperdible.
Nada como un buen vino

La tercera temporada trae algunas sorpresas más, entre ellas, la participación reincidente de la gran Olivia Colman, en su papel de chef maestra, que dará una cena última, cansada de hacer lo que toda su vida hizo. El diálogo que sostendrá con Carmy es fundamental, porque lo pone en un lugar de reflexión patente, en relación a la devoción con la que éste hace lo suyo mientras desatiende el lugar íntimo, el del afecto. En este sentido, hay un par de palabras que Carmy no puede decir, aun cuando se las reitere de maneras variadas: “Lo siento”. Quien las recibiría es Claire, la gran ausente de estos episodios pero, sin embargo, más presente que nadie. El hueco que ella genera en Carmy es tan grande como inocultable.
Es por ella cómo habrá que pensar en su falta de sueño, en el temblor de sus manos, en la persistencia con la cual ensaya una y mil veces un mismo plato que termina en la basura. ¿Porque dejó el cigarrillo y masca chicles sin parar? ¿O porque ella le procura un sabor amargo que ninguna de sus artimañas con la comida puede enmascarar?
The Bear continúa espléndida. Y vale mirar sus episodios con moderación, así como cuando se bebe un buen vino.
(Sobre Temporadas 1 y 2 puede consultarse aquí).
Leandro Arteaga



















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