La Peor Persona del Mundo (2021): una marca en nuestra fría realidad

Reseñas generales

“Ser joven hoy es diferente. La presión es desgarradora. No hay tiempo para pensar”.

En 2021 esta película no solo significó una introspectiva interesante sobre la propia vida, otorgó los tiempos ideales para convertirse en clásico siendo presente, pasado y sentido de encuentro ante cada visualización.

Recuerdo que en aquel entonces escribí: “adquiere mayor significado e importancia con el paso de los días, se magnifica como una constante…” No estaba equivocada, en tan solo tres años, esta película creció dentro de mí, pensándola, entendiéndola y pareciéndome en gran parte, a ese estudio tan peculiar sobre la consciencia humana.

El director noruego Joachim Trier (creador de La Trilogía de Oslo) desafió el eufemismo del título para instaurar un análisis meticuloso de cuatro años en la vida de una mujer, Julie interpretado por la magnífica Renate Reinsve. Esta incursión estructurada en doce divisiones más un prólogo y un epílogo permite una narrativa diferencial.

Miremos a nuestro alrededor, ¿quién no ha pensado una y otra vez si está estudiando la carrera adecuada? ¿quién no lo ha intentado hasta sentir que está en el camino correcto? 

Desde esa premisa, observamos a la joven Julie, una estudiante de Medicina que no se conforma con tener las mejores notas, sus pensamientos la llevan a entender que está en el camino equivocado. Se mantiene en los estudios referidos a salud pero se moviliza hacia la Psicología acompañada por un cambio en la forma de visualizarse: cambia su color de pelo. Su etapa de transformaciones no cesa, tal es así que radica en la fotografía expresándose como un ser visual. 

Como toda joven, las decisiones laborales suelen estar ceñidas a circunstancias sentimentales, conoce a un dibujante de comics llamado Aksel (Anders Danielsen Lie), un hombre varios años mayor que ella y que se encuentra en otra etapa de su vida. Comenzando una relación, poco a poco, sus diferencias son mayores que sus puntos de conexión, la necesidad de “no ser madre aún” la atormenta, son presiones adversas, difieren tanto donde las estructuras sociales están por encima del amor o cualquier punto de unión.

Allí, donde el universo personal comienza a flaquear, la protagonista se pierde a sí misma cayendo en la rutina en calles inconclusas de pensamientos martirizadores. En un paseo, colándose en un casamiento, conoce a Elvind (Herbert Nordrum). Por quien despierta sentimientos que hasta el momento no conocía.

En ese punto se despliegan dos puntos de identificación etaria que priorizan al individuo como ser universal, la libertad y el valor del tiempo en la juventud. Allí donde los ritmos de vida son marcados por una generación externa, por vivencias que desconocemos o circunstancias que quizás, nunca atravesemos. Donde la presión se vuelve un factor decisivo para sentirnos fuera del sistema y el reloj parece un villano de las películas que veíamos de pequeños llevándonos a dejar de ser nosotros mismos por escuchar pensamientos ajenos, en palabras correctas: en las expectativas sociales.

Con la presión que nos lleva al ocaso… la carroza se transforma en calabaza antes de las doce, lo hace en nuestra cabeza implica asumir el peso de los errores, sentir sin príncipes ni hadas madrinas. Ser los dueños y protagonistas de nuestra propia naturaleza. Este es el diferencial de la película, operar desde los sentimientos para construir un relato de identificación universal.

Julie podría tener el nombre de cualquier chica, sus vivencias podrían ser las de cualquier ser humano. Eso la transforma en parte de esa ventana al mundo que proporciona la cinematografía bien cuidada. Sin perder de vista que se trata de un drama romántico donde las presiones sociales inciden en el amor que los protagonistas sienten.

Cada escena se transforma en un instante, cada toma en una porción de vida, en el camino… ¿Julie creció? O simplemente se fue transformando por puro mecanismo social. Quizás la única pregunta que debería de rodear esta cinta es si somos capaces de aceptar esas metas que año a año se nos imponen como si cada vela que agregamos en nuestro cumpleaños fuese un golpe de realidad que deseáramos olvidar.

Cuando la vida nos agobia ¿nos convertimos en “La Peor Persona del Mundo”? Es entonces que comenzamos a entender: nadie es bueno, nadie es malo, solo somos partícipes irrestrictos de las decisiones que tomamos cuando el peso recae en nuestros hombros. Allí donde el círculo de aciertos, fracasos, errores, rupturas, cercanías y momentos nos conecta en el eterno contraste de blanco / negro.

Son tan solo ciento veinte minutos… Se sienten como espejo, cercanía, abrazo y golpe así como también, una observación de una realidad de otros que se transforma en nuestra desde la conexión con la propia existencia.

A fin de cuentas, todos fuimos alguna vez “La Peor Persona del Mundo” de alguien, de nosotros mismos o sabemos de alguien que sí lo fue. 

La frase “me siento espectador de mi propia vida, como si estuviera desempeñando un papel secundario” se transforma en un instante, en una definición de un sentir de un personaje, pero universalizado, facilita el sentir de algún espectador que en algún rincón… lo esté observando. 

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