Kafka y el Club de la Metamorfosis

Narrativa

 

“La vida es un camino por el que uno elige andar, sin saber a dónde va.”

Franz Kafka, La metamorfosis, 1915.

 

 

¿Quién, en una mañana, tras un sueño intranquilo, no se ha despertado convertido en un monstruoso insecto? (El parafraseo es casi literal del comienzo de Metamorfosis, Kafka, 1915).

 

Nietzsche denomina camellos a aquellas personas que son capaces de llegar a deformarse y romperse, solo por llevar cargas que consideran propias, aunque se las hayan impuesto. Salvo dos o tres de estos, que les juro que todavía quedan, todos nosotros hijos posmodernos del mundo, que vimos caer a las dos torres -Tolkien aparte- alguna mañana, tras algún sueño intranquilo, igual que Gregor Samsa, nos despertamos convertidos en un monstruoso insecto.

 

Ni siquiera importa cuándo, ni por qué. Justamente que no nos importe, es parte de nuestra nueva naturaleza monstruosa de insectos. 

 

La fatalidad padecida por Gregor, anticipa la náusea de Roquentin y la apatía de Meursault. Podemos encontrar una muy interesante clave de lectura de todo el siglo pasado atendiendo exclusivamente a la evolución de este mismo sentimiento de extrañeza frente a lo propio y lo ajeno que tan bien es representado en La metamorfosis, de 1915 (Kafka), como en La náusea, 1938 (Sartre) y El extranjero, 1942 (Camus), entre muchísimas otras. 

 

Un año antes del nuevo siglo -y nuevo milenio-, podemos contemplar en El club de la pelea, 1999, cómo esa misma mañana, después de un sueño intranquilo, un narrador cuyo nombre nunca conocemos -pero por supuesto que no importa- se despierta convertido en un monstruoso insecto. 

 

 

El sentido común podría llevarnos a pensar que nadie que crea que la vida carece de todo tipo de sentido gastaría su existencia buscando algo que la signifique. Pero ¿qué tal si invertimos la cronología que propone este supuesto de que exista alguien que a priori rehúse aceptar que la vida tiene un sentido? Quizá esto es la consecuencia de la otra premisa contraria: ¿cómo darse cuenta si la vida tiene o no sentido si no es buscándolo desesperadamente? Y aún más, ¿quién buscará con más ahínco el sentido de la vida que quien haya descubierto que la vida no tiene ningún tipo de sentido?

 

Este es el caso de nuestro personaje protagonista, que sin hallar nada que le valga la pena vivir, comienza su paradójicamente absurda búsqueda por encontrar un sentido. 

 

Apoyados muy ligeramente en algunos pasajes de Sartre podríamos pensar que quizá la vida sea algo sin un sentido dado, pero que es posible darle nosotros un sentido nuestro, que venza su carencia natural. 

 

El insomnio inicial, uno de los tantos puntos en común que le encontramos con Gregor, pareciera indicarnos ya una primordial sensación de extrañamiento frente al mundo. Parece que el personaje ha ido perdiendo casi totalmente la capacidad de encajar en el mundo habitual y cotidiano como el resto de los hombres. En realidad él trabaja y es completamente funcional igual que los demás, sin embargo la diferencia profunda es que este tipo, problematiza su existencia así. 

 

 

El primer atisbo de intentar resolver esa falta de compromiso con la vida, es tan absurdo que resulta hermosamente poético: ir a los grupos nocturnos de terapia, con tanta frecuencia que termina por resultarle una actividad compulsiva. Hay algo románticamente bello en el poder simbólico de esta búsqueda, él -el sano que no necesita de ir a esos grupos- solo se encuentra mínimamente vivo asistiendo a esas reuniones con los que sí están rotos y necesitan participar allí. Sin embargo, es quien más parece depender de asistir a tales círculos, más incluso que los que tienen reales motivos para necesitarlos. 

 

Esta primera manera de significar sus noches sin dormir es tan solo una manera pasajera y primitiva de darse un sentido. Lo desesperado de su búsqueda se hará mucho más patente cuando muy azarosamente, -tan azarosa como pareciera ser la vida misma-, se cruce con Tyler.

 

Ahora sí, en este momento, el argumento, todo se vuelve más plenamente nihilista. Una fatalidad de naturaleza muy gratuita hace que, sin estar del todo convencido, decida volver a conectarse con Tyler. En este nuevo orden de cosas, lo destruida de la casa donde pronto habitarán, resulta una poderosa y grandilocuente imagen de la existencia misma, cuando no hay ningún sentido que la unifique. Habitar esta vida, en este mundo, sin encontrar ningún sentido en ello, se ve exactamente como morar en ese hogar.

 

El nihilismo que circunda la cinta nos envuelve todo el tiempo, y se nos impone con una lógica tan aplastante, que resulta difícil poder mirarlo desde afuera. Desde un principio nos incomoda la relación extraña de amor y odio que se establece entre los dos personajes; y esto cobra un sentido muy especial si la vemos por segunda vez, cuando precisamente ya conocemos el inesperado giro.

 

No obstante, desde la primera vez que miramos la película, notamos con mirada cómplice el avance de la nada y el sinsentido mientras observamos cómo va conformándose el club, y el desarrollo acelerado y desmedido que toman los sucesos. El mayor absurdo, sin dudas, está puesto en como son aceptados muy naturalmente, sin ningún cuestionamiento ni problematización. 

 

 

Para Sartre, el hombre, ser-para-sí, ha de construir su propio sentido desde su facticidad; es decir desde el reino de aquello que es puramente contingente, y que no depende de nosotros en lo absoluto. Como gran metáfora, para quien ya nada tiene sentido como al protagonista, la vida le parece un sinfín de situaciones extravagantes, que no necesariamente sean unas consecuencias de las otras, pero que ningún esfuerzo pueda evitarlas. 

 

Casi como un gesto profético cuya denuncia se hace performativa a medida que se manifiesta, resulta muy clara la necesidad de los personajes de librarse de lo violento del mundo cotidiano y de la rutina que enferma y aprisiona, mediante el camino de entregarse a la violencia voluntaria completamente gratuita y sin razones. Desde esta perspectiva, la vida es en sí misma violenta en la medida en que la facticidad se nos impone condenándonos, pese a nuestra voluntad, a ser libres y tener que elegir. La violencia exterior extrema, su adrenalina y vitalidad, es entendida como la vía perfecta para escaparse de la violencia velada y cubierta del mundo del consumo y la productividad. Esta nueva violencia, negación a su vez de la violencia de siempre, es la que, según creen los personajes, nos libera y nos redime en esta vida. 

 

Me parece incluso innecesario tener que señalar que la película evidencia con un sentido profundamente crítico el absurdo de la masculinidad tóxica y frágil, y las estructuras opresivas y viciosas que tales concepciones sostienen. Además, con todo, la cinta en cuestión no moraliza, ni baja línea, pero tampoco lo romantiza, muy en detrimento de las hordas de fanáticos que no la entendieron. 

 

 

Frente a la falta de sentido en el mundo que ya existe y que los rodea, empiezan a darle un sentido al mundo que están fundando. El nuevo mundo que crean, tiene ahora una razón de ser, tiene incluso reglas que ordenan esta nueva realidad paralela, surgidas en el descubrimiento de que las reglas del mundo del cual se fugan, carecen de todo sentido. El mundo real tiene unas normas que se presentan como muy naturales, pero la nausea empieza a develar que tales ordenamientos no son más que inventados artificialmente. 

 

Atendiendo a la disconformidad, los personajes construyen deliberadamente una farsa, pero le crean un código ético que resulta una nueva moralidad, asumida voluntariamente por todo el Club. El mundo viejo, supuestamente de índole natural y recibido-así, ya no tiene sentido; y la respuesta frente a eso que los violenta es romper y forzar las estructuras que operan en el mundo del sentido. En el ardid de subvertir las condiciones dadas y torcerlas por pura voluntad de poder, se regalan a ellos mismos un mundo que decididamente carece de sentido, pero que como una gran protesta y denuncia activa, su sinsentido es aquello que precisamente significa sus vidas. 

 

 

El orden anterior no tiene una lógica de carácter natural, pero se impone como si lo tuviera; por esto nace el Club, acompañando a otros rotos y solos como ellos, para inventarse un nuevo orden que declaradamente vaya contra el sentido, pero cuya naturalidad está en que pueden elegirlo positivamente. Sin embargo, como leemos en La Metamorfosis“Nada es más difícil de soportar que el cambio.”

 

Descubrimos entonces el ascetismo del nihilismo. El sentido se encuentra en la vacuidad plena de descubrir que incluso el intento por hallar sentido, inventado uno cualquiera cuando no hay sentido natural, tampoco tiene ningún sentido. El Club de la Pelea es una negación decidida del mundo así como es, y de esto se trata un primer nivel, de nihilismo. Sin embargo la pequeña ventana para que el protagonista pueda atisbar aunque sea un pequeño ápice de algún resquicio de sentido, es a su vez negar esta negación que se había convertido en un nuevo orden sin sentido. 

 

Si la rutina y el absurdo son los que causan el sinsabor, aquello que atenta contra el orden no puede nunca convertirse en un nuevo sistema rutinario y absurdo que nos violente. Solo habitando en el completo nihilismo de saberse incluso a sí mismo siempre en plena destrucción y nunca en construcción de un nuevo yugo, queda espacio para inventarse, en sentido sartreano. 

 

Cuando el protagonista desactiva lo que operaba de fondo y en las sombras del nuevo sistema totalizante que él mismo había construido, logra darse cuenta del verdadero camino e incluso, de quién es verdaderamente. Nada que se presente como un nuevo monstruo de reglas y mandatos puede atentar legítimamente contra otro orden superior. Solo en estado de nihilismo permanente, con todo el desafío ascético que implique asumirlo podemos hallar la única fuga posible sentido-sin-sentido dominante. Kafka nos advierte cuando señala: “La vida, aunque se nos presente de diferentes maneras, sigue siendo la misma.”

 

Nada tiene sentido, incluso el afirmar que nada tiene sentido.

 

 

Lo que Gregor Samsa descubre al inicio de su historia en el primer párrafo, nuestro protagonista logra verlo recién en su inesperado final. En una mañana, el personaje cuyo nombre desconocemos, tras un sueño intranquilo que supuso toda una trama undergorund de sociedades secretas, se despertó convertido en un monstruoso insecto, llamado Tyler. Me parece poético que el verdadero personaje sea el que carece de nombre. Él, y no Tyler Durden ni el Club, ni el Project Mayhem, es el que verdaderamente logró torcer el sinsentido del mundo. Solo él pudo atentar contra cualquier mandato y despojarse tanto de su identidad original, como de su identidad inventada, como de cualquier intento por darse alguna identidad.

 

¿Se desconoce más este nuevo arquetípico Gregorio sin nombre, antes de saber que Tyler era una invención suya mientras disociaba, o ahora que conoce la verdad, y que se sabe un insecto monstruoso? 

 

¿Tiene mayor conciencia del imposible que resulta la búsqueda del sentido mientras lo persigue desesperadamente, o tras el inesperado final que le revela que el único sentido sea tal vez conocer que tal cosa no existe? ¿Le arroja mayor experiencia del absurdo la rutina de la que primigeniamente escapa cuando su búsqueda comienza, o el hecho de descubrir que Tyler y él son el mismo ser? 

 

 

¿Es la metamorfosis aquello que nos extraña de nosotros mismos y de la res extensa o el mundo exterior, el inicio y condición de posibilidad del absurdo? ¿O la metamorfosis es el vehículo que nos conduce a asumir dignamente el sinsentido de la condición humana, y con la posibilidad de transformarnos en realidad se nos regala la punta del ovillo que resuelve la náusea, sabiéndonos arrojados y sin orden?

 

¿Cuál es el verdadero monstruo? ¿La rutina y el mundo formal que nos enferma para que produzcamos sin ningún sentido? ¿Tyler, la quimera que nos inventamos tratando de imprimirle algún tipo de ordenamiento al caos? ¿O nuestro ulterior estado nihilista que nos convierte en un insecto raro, pero consiente de las fisuras que la normalidad cree evitar a diario?

 

 

En distintos lugares de la obra de Kafka se propone el cambio, que solo puede iniciar desde el interior, como la única solución ante la asfixiante realidad que nos excede. Podemos leer lo-monstruo no ya en clave de asco y vergüenza, sino de reivindicación y orgullo. Lo repugnante y desagradable del monstruoso insecto, son transformados en signos de pertenencia e identidad. Asumirse monstruo en un mundo que nos obliga a lo estético y ordenado en el verdadero camino contracultural; lo marginal, motivo de escándalo de los caretas, es entonces el elemento que nos constituye y nos significa. 

 

La soledad, el feísmo, lo disfuncional, lo nauseabundo. La verdadera historia de superación no es el sapo que se convierte en príncipe, sino el normal, narrador de la película, -otrora Gregor- que erige de sí mismo un monstruo, y lo rompe las veces que sea necesario para declararse en contra de cualquier sentido.

 

En palabras de Kafka “No hay posibilidad de huir, aunque uno quiera.” El camino, por tanto, es permanente historia de lucha, de cambio y de metamorfosis.

 


Filosofía Puchito

 



 

Finalmente, hacemos nuestros los versos de la palabra poética:

 

Felices los normales

Roberto Fernández Retamar

Felices los normales, esos seres extraños.
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.
 

Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

La Habana, octubre, 1962.

Comentarios 4

H
humberto antonio2 de septiembre de 2024
Muy bien reseña
F
Francis Cobo2 de septiembre de 2024
En respuesta a humberto antonio: ¡Muchas gracias por tu tiempo!
B
ByeHollywood6 de agosto de 2024
¡Excelente artículo! Esta es mi película favorita de David Fincher. La historia es tan acertada y la fotografía tan acorde a la historia. Tu análisis le añade una profunda reflexión a esta obra maestra.
F
Francis Cobo6 de agosto de 2024
En respuesta a ByeHollywood: ¡Gracias por tus palabras! La fotografía es fantástica, creo que resume la de toda esa época. Si pienso una película de esos años, enseguida se me viene la paleta de colores de esta.
Y en mi caso la tengo a la par de Se7en, pero muy arriba de las demás. Saludos

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