The Sympathizer: la paranoia cinéfila de Park Chan-wook

Reseñas generales

Puesta en escena serial

 

Entre las series y el cine la relación ya es simbiótica, aun cuando tal vez deba pasar un corto tiempo más, para detallar las maneras en las que se retribuyen préstamos, discusiones y desacuerdos. Como sea, el vínculo está, desde concomitancias recientes -como el estreno de Horizon: An American Saga – Capítulo 1 (4 capítulos previstos, de duración extendida, cada uno con avances del próximo)- a la incidencia narrativa del cine clásico en el formato serial: de donde las series toman la estructura y los principales recursos formales (los tres actos, la construcción modélica de los personajes, los conflictos y sus desenlaces). Las series, o por lo menos muchas de ellas, tomaron hace un tiempo el relevo en tales cuestiones.

Otro aspecto, que si no explica esta relación sí la marca de manera indeleble, es la participación de directores cinematográficos en la puesta en escena: David Fincher, Michael Mann, Jane Campion, Sam Raimi, el etcétera es largo. La impronta de cada una y cada uno acompaña, en mayor o menor medida, la propuesta, en la organización estética general y la dirección de los episodios más importantes, cuyo estilo será replicado por otros directores en los “capítulos de relleno”. Acá se abre otro asunto, para un análisis extenso: ¿cuáles series, realmente, requieren de todos y cada uno de sus episodios? Se me ocurre pensar en Ripley, admirable en conjunto y de manera particular: cada episodio es una pieza de puzle precisa, en lo estético y formal. Por allí anda, más o menos, The Sympathizer, la serie de A24 y HBO, creación de Park Chan-wook y Don McKellar.

Basada en la novela de Viet Thanh Nguyen (ganadora del Pulitzer 2015), The Sympathizer narra la historia de “El Capitán” (interpretado por Hoa Xuande), un espía de Vietnam del Norte, cuyas peripecias lo llevan a escapar a suelo norteamericano, junto a un general del ejército vietnamita del Sur. En convivencia con los refugiados, el espía proseguirá en su tarea, cumpliendo mandatos nada sencillos, como asesinar o acompañar una avanzada para la recuperación de Vietnam. El enrevesamiento argumental lo será también de manera personal: los ojos claros de El Capitán delatan su mestizaje -hijo de una vietnamieta, violada por un soldado americano- y el desprecio con el que tuvo que convivir. ¿Quién es este “Capitán”?

 

 

El guionista y el tirano

En The Sympathizer, la puesta en escena de Park Chan-wook (Old Boy, Stoker) y Don McKellar (La gran seducción, Through Black Spruce) es compartida, pero el peso evidente está en el surcoreano, algo admisible en el primer episodio, tal vez de los mejores que han dejado ver las series norteamericanas del último año. El ritmo es trepidante, y obliga a adaptar la mirada a su juego de referencias cruzadas, sea tanto desde lo que el argumento expone, en sus dilemas morales y el cruce continuo de “fronteras”, como en función de la cinefilia y las relaciones icónicas que habilita.

El primer episodio ocurre, básicamente, en un cine. O no. Tal vez sea una cinta de video, vista por ¿quiénes? Al rebobinar, interviene y corta el relato. ¿Qué es lo que vemos? Como artificio tecnológico, delata una época; de todos modos, obedece al testimonio que El Capitán escribe, sobre su vida y peripecias, en una prisión vietnamita. El “rebobinado” son sus “baches” mientras recuerda, y responden a las objeciones que le hace el superior. La situación de sumisión es miserable: El Capitán escribe día tras día bajo un encierro espantoso, para que su texto sea observado con minucia por quien le tiene apresado. Además, y como se trata de un espía, ¿cuánto de lo dicho es verdad? Para mayor paradoja, a quien cuenta sus desventuras es a su superior “verdadero”, el de Vietnam del Norte, aquel bajo cuyas órdenes fuera enviado a los Estados Unidos a proseguir su misión. El mismo que ahora, sin embargo, le tiene prisionero.

Ahora bien, en esta situación hay algo magnífico, que Park Chan-wook -director de tres episodios- utiliza como referencia intra-fílmica, al asimilarlo al estilo de trabajo entre guionista y productor; algo que es, por definición, propio del cine norteamericano. Es ésa la condición metafórica desde la cual debería entenderse el encarcelamiento de El Capitán, dedicado al logro de una confesión creíble (¿no sería eso un buen guión?). Y esta relación, como se sabe, es cualquier cosa menos halagüeña; la tiranía sobre los guionistas de Hollywood es conocida, también la sumisión en la que sus nombres quedan, ocultos bajo el oropel de las estrellas y los productores. A partir de esta premisa, The Sympathizer ahonda en su juego cinéfilo.

 

 

Un caleidoscopio de nombre Robert Downey Jr.

El escenario preferencial del primer episodio, justamente, es una sala de cine, cuya marquesina exhibe el rostro de Charles Bronson en Death Wish. Dentro de la sala, los lacayos del ejército vietnamita junto a sus aliados norteamericanos, se disponen a torturar a una espía capturada. La función está por comenzar. Atada, frente a la pantalla, sobre ella se proyectan imágenes: es decir, ¿qué es lo que se está viendo?, ¿cuánto de película, cuánto de verdad? Más aún cuando el cine norteamericano ha contado la guerra de Vietnam según su antojo; hay películas críticas y extraordinarias, pero también las que alimentan su maquinaria de propaganda, destinada a confundir hechos y torcer la derrota en una suerte de traspié heroico.

Lo que sucederá dentro de esa sala de cine es terrible, con el propio Capitán como espectador privilegiado: quien está a punto de ser vejada es alguien que él conoce, y si está allí es precisamente por su culpa. En una situación que podría delatarlo. ¿Qué pasa por la cabeza del espía? Le acompaña un agente de la CIA (interpretado por Robert Downey Jr.), más que predispuesto a disfrutar del espectáculo. En estos personajes y sus comportamientos, Park Chan-wook señala una correspondencia tácita con los espectadores de cine: ¿qué es lo que disfrutan ver, ante una situación así? Algo nada ajeno a la poética de Chan-wook, de una mirada tan estilizada como crítica sobre la violencia, algo que aquí exhibe de manera rutilante.

Este episodio es tan potente, que habrá de permear todo lo que sobrevendrá. Tanto es así, que lo que sigue nunca alcanzará el mismo impacto, ni siquiera en los otros dos episodios del mismo director (relevado, entre otros, por Fernando Meirelles). Como sea, se trata de una pieza visual digna de quien la dirige, que vale lo suyo por sí misma. En su deriva, The Sympathizer no deja de obedecer a la elongación argumental que suele ser la obligada, y es aquí donde la necesidad de cada capítulo se hace un tanto discutible. Al menos cuando, parece, justifican la galería de personajes ofrecida por Robert Downey Jr. 

Que es un gran actor, nadie lo duda; pero es también uno de los productores. Y su hacer caleidoscópico provoca un contrapunto entre lo que la serie necesita y sus ganas de hacer todo lo que hace. En otras palabras, el actor interpreta a cinco personajes diferentes. ¿Cómo se explica esto? Más allá de lo que algunas entrevistas hayan señalado, lo que importa es la puesta en escena; y en ésta, el hacer de Downey está más o menos justificado: agente de la CIA, congresista, profesor, cura, director de cine; todo cabe en su baraja multifacética de ligazón un tanto lisérgica, que si bien no deja de corresponderse con la tarea bifronte y demente en la que está sumido El Capitán, provoca un poco de desconcierto.

En síntesis, The Sympathizer tiene el beneplácito de ofrecer una mirada corrosiva sobre las maneras desde las cuales los gobiernos espían y delatan, en función de una maquinaria tan homicida como grotesca. Vale destacar, además, el campo de detención donde El Capitán desarrolla su tarea. Cuando se descubra quién es quién y las caras del espejo se miren a sí mismas -desconcertadas en su mezcla difusa de héroes y villanos-, lo que sobresale es un encanto pulp -¡el gran villano, todo un hallazgo!- deudor de la narrativa norteamericana pero de cuño coreano; marcas, en suma, de un gran director cinematográfico, cuya huella hace de esta serie un espectáculo nada desdeñable. 

 

 

Leandro Arteaga

Comentarios 0

Todavía no hay comentarios.

De este autor