Daddy Longlegs (andá a la despensa a buscar romero)
Reseñas generalesUn departamento desordenado y pequeño. Restos de la cena se juntan con un sachet de leche y un paquete de cereales que tiene menos de lo que parece. Dos toallas reposan húmedas en el piso hacer varios días comenzando a generar vida propia. Un shampoo aguado y sin tapa decorado con algunos pelos largos y finitos. En el sillón plegable de lo que podría ser el living unido a la cocina un hombre duerme plácidamente. Sueña con una exuberante vacación en Maui junto con sus hijos y una mujer cuyo rostro pareciera ocultársele todo el rato. El sueño es profundamente calmo con unas notas de una alegría intrackeable. Están por tomar un bote que los llevará a ver peces de colores en una laguna cercana. El bote parte y al llevar su vista hacia abajo los niños no están tomados de su mano. Están en el bote yéndose sin advertir que su padre no subió. La mujer a su derecha comienza a besarlo apasionadamente, incluso eróticamente. En el fondo de él aflora la angustia y la noción de responsabilidad. La mujer comienza a besarle el cuello, el cuerpo. Cierra los ojos. El pleno sol del mediodía le calienta la nuca mientras los tobillos se entierran con el agua y la arena. Piensa que debería haber llevado protector solar para los niños. Piensa “todo estará bien, de alguna manera lo solucionaré”. Abre los ojos. Se despierta. Llama a los niños que duermen en la otra pieza, pero ellos no se levantan hace varios días consecutivos. Piensa “todo estará bien, de alguna manera lo solucionaré”.
La infancia es un lienzo de cemento fresco, un terreno fértil donde no podemos elegir del todo que es lo que crecerá. Aquello que echa raíz, que genera una cicatriz bajo la tierra difícilmente se borre. Podemos intentar cortar de cuajo alguna mala hierba, fruto de nuestra impericia para atender a tiempo plagas y enfermedades. Lo que no podemos hacer, al arrancar la planta atacada es volver a llenar el vacío que ocupo esa raíz. El tiempo irá de a poco apelmazando la tierra hasta disimular por completo esa ausencia de materia vegetal el abono liviano y rico en minerales. Pero la tierra recuerda, tiene registros de todos y cada uno de nosotros. Y aquello que se arranca difícilmente sea olvidado. Quizás en algún lugar, a unos pocos centímetros de la superficie, algún hueco aun no haya sido llenado. Un recuerdo vago de la infancia que se resignifica siempre de manera impredecible
Un padre puede tener una carencia en su rol y disimularla como un juego. Si no tiene auto puede cargar al niño (o a los niños) a caballito para que no caminen tantas cuadras. Puede realizar chistes con respecto a su fanatismo por los hotdogs si la billetera -o la falta de responsabilidad financiera- no le permite comprar carne, legumbres, frutos secos o algo más adecuado a un cuerpo en crecimiento. Pero no es el caso de nuestro protagonista. Lenny es un padre que no vive con sus hijos. Tiene solamente 15 días al año para estar con ellos. Ese es el arreglo que logró, los otros 350 días lo pasan con su madre y su pareja. Un hombre rico y serio quien además pareciera enternecerse y preocuparse por los niños como si fueran propios. Un padre no puede ser un amigo ni un igual. Está bien que jueguen, que sea gracioso, incluso que cometa irreverencias en la calle para entretenerlos. Jamás puede voluntariamente ponerlos en riesgo ni exponerlos a gente o situaciones que puedan generarles algún daño o malestar. No corresponde que los deje solos en el departamento mientras se va a trabajar, ni que los lleve de paseo en el auto de un desconocido cuya esposa fue seducida la noche anterior por él, tampoco puede medicarlos sin consultar a un doctor. Es un irresponsable con ellos, con su novia, consigo mismo. Va por la vida llevándose todo puesto, haciendo malabares con cuchillos y licuadoras mientras camina. Choca con la realidad y tumbado en el suelo, vuelve a levantarse sin preguntarse ¿Por qué?
Quince días en un año es muy poco. Perfectamente Lenny podría ahorrarse alguna de las cervezas que bebe, o el dinero de algunas citas para asegurarse estar cubierto de todo durante el tiempo que le lleve cuidar a los niños. Pero no lo hace. La casa es un desastre cotidiano y el amplio rango de irresponsabilidades lo aleja de la idea de inmaduro y lo acerca muchísimo a la idea de mal padre.
Investigando un poco encontré que en 2010 fue presentada en el BAFICI. Allí, los hermanos Safdie, dijeron algunas pocas palabras. Todas ellas remarcaban el hecho de que la figura de ese padre es muy autobiográfica. Es su perspectiva de hijos de un padre similar. ¿Qué sucede cuando esos niños crecen? ¿Cómo recordarán aquellos juegos que la distancia pueden ganar otro significado?
Cabe mencionar que la interpretación de los niños (hijos de uno de los músicos de Sonic Youth) es absolutamente arrolladora. Son niños siendo niños, algo no muy fácil de lograr con la edad que tienen. Están en ese punto donde comprenden lo que es un set, una película y en general en ese punto comienzan a querer “actuar” logrando performances mucho más acartonadas que si “simplemente son como son”. El trabajo de Ronald Bronstein interpretando al padre es de una finesa absoluta. Nos conmueve con su irreverencia inicial, logrando que lo adoremos veloz y profundamente, pero mientras avanza la trama de la película nos ponemos en la vereda opuesta a él. Tan paulatinamente que casi no nos damos cuenta.
Los hermanos Safdie presentan una hermosa pieza sensible y con bajo presupuesto. Personalmente adoro las películas logradas donde no hacen falta millones para transmitir una historia pareja y sin fallas. Pertenece a un subgénero indie newyorkino llamado “mumblecore” donde se narran historias usualmente cargadas de malestar y cotidianidad. Películas como “Frances Ha” o “Hannah takes the stairs” son claras alusiones a este subgénero. Es inevitable no pensarlo como un coletazo posterior al cine de Cassavetes, plagado de registros cotidianos con una singular sensibilidad en la cámara y sobretodo en las actuaciones.
De la misma manera que Paris en la década del 40’ ha sido romantizado una y otra vez hasta el punto de creer que hoy en día es exactamente igual, New York entre los 70’ y los 90’ genera un efecto parecido. Aquello que suceda circunscripto entre esos 20 años parecería ser mucho más hermoso y posible. Esa Nueva York cotidiana, caótica y detenida en el tiempo siempre es atractiva. Aquellos que hayan tenido alguna figura paterna levemente tambaleante seguro encuentren emociones sueltas y paralelismos que los emocionen. Aquellos con padres inobjetables seguramente salgan agradeciendo la infancia que tuvieron. Nadie sabe cómo ser padre. Lenny es un buen ejemplo sobre todo lo que un padre no debe hacer.
Funciona sin fallas. Sensible, graciosa y profundamente desesperante. Véanla!










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