La amenaza fantasma | Godzilla: Minus One (Takashi Yamazaki, 2023)
Aspectos socioculturalesAlguien ya lo debe haber dicho. Y si no, aquí va: así como el autómata creado por el doctor Víctor Frankenstein en la novela de Mary Shelley de 1818 fue el monstruo definitivo de la era industrial, Godzilla es el monstruo idiosincrático de la era nuclear. Y ese rasgo central de la leyenda del gigantesco reptil marino venía deteriorándose lenta pero invariablemente en las últimas producciones que lo tenían como protagonista. Podríamos decir que desde la muy buena apropiación de Roland Emmerich de 1998, con las subsiguientes batallas con y contra King Kong, Godzilla fue olvidando su origen, que está íntimamente relacionado con la historia social de Japón en el siglo XX.

Afortunadamente, esta faceta vuelve a estar resaltada en Godzilla: Minus One, la excelente película escrita y dirigida por Takashi Yamazaki. Aquí, la acción vuelve a situarse en la posguerra y en una Tokio devastada por los bombardeos aliados. Es 1945, la Segunda Guerra Mundial está por terminar pero, como es sabido, el Emperador Hirohito y las Fuerzas Armadas que sostienen su régimen no aceptan la rendición y quieren seguir peleando. En una base áerea marginal, el piloto Kōichi Shikishima (Ryūnosuke Kamiki) enfrenta el conflicto silencioso de miles de tropas japonesas: sacrificar la vida por una causa perdida, pero respetando el juramento de honor; o aceptar la derrota que sus superiores niegan e iniciar el camino del duelo y la reconstrucción tanto personal como colectiva.

En esa base alejada, Kōichi presenciará por primera vez el poderío de Godzilla y sobrevivirá para contarlo gracias a, suponen él y quienes lo conocen, su cobardía. Es una escena con reminiscencias a Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993) pero donde ya se puede apreciar la fisonomía retro que Yamazaki y la legendaria productora Toho quisieron darle al monstruo. Godzilla vuelve a parecerse a aquella criatura que cobrara vida por stop motion y hábiles efectos especiales analógicos en las clásicas películas de los ‘50 y ‘60 dirigidas por Ishirô Honda. Pero con las bondades del cine digital contemporáneo; como en ninguna, el poder destructor de Godzilla queda explícito y claro, a la vez que visualmente bello e impactante.

Cuando Kōichi regrese a una Tokio destruida a buscar a sus padres, su vecina le echará en cara lo que muchos japoneses de la época pensaban: volver con vida, en el marco de la derrota, era un deshonor, algo digno de vergüenza. El deber patriótico de Kōichi era morir en batalla, como lo hicieron decenas de pilotos de avión como él. Aunque hubiese sido inútil en términos bélicos, Kōichi debió haber muerto como un piloto kamikaze más. De nuevo en casa pero vivo, es un paria.
Sin familia y con el estigma de haber vuelto sano y salvo, en absoluto desahucio, Godzilla es la última de las preocupaciones de Kōichi. En esa ciudad desesperada y empobrecida, el destino lo cruza con Noriko Ōishi (Minami Hamabe), una joven que carga con una niña huérfana, a la que llaman Akiko. A partir de allí, Kōichi hará a un lado la culpabilidad del sobreviviente y buscará la forma de sostener económicamente a esa familia de huérfanos que ha formado casi sin querer, en lo que parece ser el comienzo del resurgimiento japonés.

Pero en la Japón de la reconstrucción los buenos empleos no abundan. En una de las ingeniosas novedades de guión para la historia, Kōichi consigue trabajo en un barco encargado de desactivar minas submarinas. Así volverá a vérselas con Godzilla, ahora en medio del mar, como en la historia original: aquí y allá, barcos aparecen destruidos por una fuerza inexplicable en altamar.
Es aquí cuando, silenciosamente, la película de Yamazaki reactualiza el conflicto original de Godzilla. Aunque levemente desplazada en el tiempo (los años pasan y la acción se va acercando a fines de la década del ‘40), la amenaza del monstruo acecha el final de la guerra como el bombardeo nuclear. Godzilla: Minus One toma partido por la población civil y su sufrimiento de posguerra, desde el trauma de la pérdida y la derrota hasta la presencia constante del miedo por un nuevo ataque.

La primera batalla contra Godzilla ha mostrado que su composición física es extraordinaria: su tejido se recompone luego de las explosiones. Lo sabemos y por eso Yamazaki no necesita explicitarlo: Godzilla es producto de los ensayos nucleares en aguas del Pacífico, la acción del hombre ha alterado su composición molecular y lo ha convertido en un monstruo fuera de control, como la carrera armamentista de la naciente Guerra Fría. Kōichi ha sido testigo de la resiliencia inaudita del monstruo que vuelve como un trauma, como el fantasma de las detonaciones sobre Hiroshima y Nagasaki: pronto estará a las costas de Tokio, como una réplica temida de esas bombas que finalmente lograron la rendición de Japón y marcaron la muerte de miles de civiles y un punto sin retorno en la historia de la humanidad. En este sentido, Godzilla: Minus One se alista entre las últimas superproducciones que vuelven sobre lo más álgido de la era atómica y las implicaciones éticas de la ciencia y la política, como se ve en Oppenheimer (Christopher Nolan, 2023) o la miniserie Punto de inflexión: la bomba y la Guerra Fría (Brian Knappenberger, 2023).

La amenaza de Godzilla, que puede leerse como alegoría del temor de todo el pueblo japonés por la posibilidad de un nuevo bombardeo atómico, tiene un doble peso sobre el protagonista. Para Kōichi, Godzilla es el regreso de la culpa por su reducida participación en la guerra y, al mismo tiempo, su oportunidad de redimirse. En la versión de Yamazaki, el conflicto que plantea la inminencia del ataque de Godzilla se resuelve con otra inteligente idea de guión: ante el desarme obligado por los vencedores, las fuerzas armadas japonesas dejan al comando de un grupo de civiles el combate contra el monstruo. Así, el plan queda en manos de la ciencia: serán las leyes de la física las que venzan a Godzilla, con una mínima intervención humana. En una de las escenas más significativas de la película a nivel histórico, un grupo de voluntarios acepta la misión mientras que otros declinan: así, Yamazaki no solo se diferencia del agotado heroicismo de Hollywood, sino que también muestra las heridas colectivas y la grieta que la derrota abrió en el contrato social de los japoneses con el legado del Imperio. El mandato del sacrificio por una patria que no ha protegido a sus habitantes hasta lo último, aflora como una verdad incontenible.

El plan perfecto no será tal, desde luego. El poderío de Godzilla (que siempre vence, porque si es desactivado siempre queda latente como lo que en verdad es: un amenaza temida e inextinguible) obligará a echar mano de planes de contingencia y le dará la posibilidad a Kōichi de tener la batalla que nunca tuvo en la guerra. En la batalla a las puertas de la bahía de Tokio se dirime la amenaza del monstruo y también el conflicto de Japón con su pasado reciente, que implica revisar su milenario espíritu guerrero y sacrificial. En Kōichi y su lucha heroica van a confluir todos los Japón del siglo XX: el acechado por el legado de entrega individual absoluta en pos de la patria, el traumatizado por la devastación de la guerra y el que se reconstruyó, optimista, con la innovación técnica y un duelo doloroso, no sin sentimientos reprimidos.







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