Griselda, Netflix y la mirada del narco.
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La romantización de los criminales es una constante en la historia de la ficción. Desde Robin Hood, la imagen de un forajido que se confronta con el sistema y sus representantes ha emocionado y disparado las ilusiones de la población que ha Sido históricamente oprimida y explotada. En México tenemos las historias de Chucho en Roto, El Tigre de Santa Julia, así como el éxito literario de Manuel Payno, Los Bandidos de Río Frío. Las novelas del viejo oeste, inspiración para el género cinematográfico que ha forjado arquetipos y tramas desde sus inicios, se trataba de la idealización de cientos de criminales que se volvían antihéroes en manos de astutos escritores y periodistas. Caso aparte del mismo estilo son los relatos de piratas que resultaron tan redituables para Disney. En el caso de la mafia, sus protagonistas pasaron a la cultura popular desde los inicios del cine. Podemos hablar de la Banda del Carro Gris de Enrique Rosas, o La Ley del Hampa de Sternberg. Su fama fue tan grande que incluso en las caricaturas infantiles se volvieron personajes recurrentes, principalmente en los Looney Toons como Rocky y Mugsy, basados en Edward G. Robinson y Peter Lorre. De ahí, es gracias a Ford Coppola y Scorsese que tenemos quizá sus manifestaciones más famosas, encarnadas en Pacino y DeNiro.
En el caso de América Latina, es a partir de Pablo Escobar que el narco se transforma en una aspiración. Escobar encarna la máxima demostración de poder bajo un solo hombre más grande de la historia moderna y además vincula el crimen en América Latina de manera definitiva con la tragedia de las calles de Estados Unidos. El éxito criminal y la sangre derramada en los barrios latinos es el origen del hedonismo gringo y la perdición de los barrios bajos y suburbios americanos.
La saga de Narcos de Netflix es quizá la primera narrativa televisiva internacional que se aproxima con un alto nivel de detalle en las historias de capos latinoamericanos que han impactado globalmente y controlado el crimen internacional. Iniciando, obviamente, con Pablo Escobar, han abordado el auge y caída de cárteles como el de Medellín, el de Calí, el de Guadalajara, el de Juárez, el de los Beltrán Leyva y, claro está, el de Sinaloa.
Griselda Blanco, nombrada como la madrina de Pablo Escobar dado que se cuenta fue a quien acudió al inicio de su carrera para después ser su enemiga, es un personaje apasionante, a la que Sofía Vergara, como productora y protagonista, da vida en la producción de Netflix. Con el estilo de la casa, probado en tres temporadas de Narcos Colombia y dos de Narcos México, vuelve la plataforma a usar un mecanismo narrativo mucho más sutil que el del triunfalismo exagerado y aspiracionista del movimiento alterado o el actual de corridos tumbados, al que yo llamaría como La Mirada del Narco (Narcos' gaze), es decir, la historia no es contada como un agente externo que los ve con admiración, sino con la mirada que los personajes tienen sobre sí mismos. Se valida narrativamente su autopercepción como emprendedores y emprendedoras de gran talento, audacia, valor, con valores que solo se ven juzgados y confrontados cuando pareciera que su ambición es demasiada, como si no fueran en realidad cuestionables desde un inicio. Haciendo uso de narrativas raciales y de empoderamiento, en el caso de Griselda, pareciera que es solo hasta el quinto capítulo cuando debiéramos de empezar a preocuparnos por ella y la gente a su alrededor, pues a lo largo de la serie, las situaciones parecieran ser solo obstáculos en su camino al éxito. Se le muestra sensible, preocupada, soñadora, incluso con remordimientos. El discurso de "mujer fuerte y luchadora" ensombrece en muchos momentos la realidad de su crueldad y falta de escrúpulos. Se transmite la idea de que en todo momento Griselda se enfrenta a sí misma y su deseo de poder. Sin embargo, podemos decir que es un retrato bastante condescendiente de una mujer desalmada. No ayuda tampoco que su contraparte, la detective June Hawkins, resulta un personaje de feminismo panfletario y simplista, de manual, con diálogos absurdos, machos caricaturescos a su alrededor, y supuestos descubrimientos que es imposible no se le hubieran ocurrido a nadie más en un departamento lleno de investigadores.
Sin embargo, la serie esta muy bien elaborada. Los diseños de vestuario, las actuaciones, la tensión, todo funciona. Sofia Vergara está sorprendente, como nunca en su carrera. Transmite poder, dualidad, locura, dolor, violencia. Es dulce por momentos pero brutal y despiadada. Ningún personaje policiaco podría estar a la altura de su desempeño. Y quizá es ese el problema. Otra vez, nos vamos con la impresión de que los narcos son dioses derribados del Olimpo por su propia ambición o por personajes simplones y estereotipados.
Vale la pena verla, durante 8 episodios te mantendrás emocionado, sin embargo, es imposible reflexionar sobre su impacto cultural.












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